Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Levantó una mano, flexionó los dedos y se preguntó, como había hecho algunas veces, cómo era posible que aquella cosa, aquella maquinaria para asir, aquella araña carnosa en el extremo del brazo, pudiese ser suya y estuviera completamente a sus órdenes. ¿O poseía una pequeña vida propia? Dobló el dedo y lo enderezó. El misterio estaba en el instante antes de que se moviese, en la línea divisoria entre el no moverse y el moverse, cuando su intención surtía efecto”. El episodio lo está viviendo Briony, una chiquilla de 13 años que parece estar teniendo un avistamiento de conciencia de sí misma. Briony no es real, es uno de los trastocadores personajes de la novela Expiación, pero pidiéndole prestada una frase a Flaubert, su creador, el escritor inglés Ian McEwan confiesa: “Briony c’est moi” (‘Briony, soy yo’).
Él cree que todos lo hicimos, que nos volvimos conscientes de nuestra particular existencia a través de esos pequeños momentos a la edad de 3 o de 7. Él lo vivió a los 11 años observándose la mano. Luego, el mundo se reveló como era, faltaron los recursos en casa y a la edad de 14 dejó el colegio y salió a buscar trabajo. “No había suficiente dinero para seguir experimentando esa autoconciencia”, confiesa con una amabilidad pasmosa McEwan sin dejar entrever ningún reproche.
Después del acontecimiento de la mano, vino el de la sangre. El encuentro con el libro El río humano, de Isaac Asimov, le regaló al que se convertiría en el dueño del premio Booker de 1998 una conciencia excepcional sobre las formas del fluido vital, sobre la complejidad de sus funciones. Las páginas con figurillas despertaron sin querer una curiosidad científica que se desplayaría con toda su potencia a los 20 años, cuando McEwan empezó a escribir novelas. “El mundo es lo que me interesa. Si hace 300 años hubiera querido saber la estructura del universo, hubiera tenido que ir con un cura, ahora la autoridad de ese cura está revaluada. La ciencia ofrece las mejores explicaciones acerca de las plantas y las funciones del cerebro. Pero hay límites también, la ciencia no puede hablarnos tan bien sobre las relaciones humanas, o puede, pero de una forma poco interesante, así que necesitamos otra manera y la novela es una opción grandiosa para hacerlo”.
Pero esa estrechez con la mirada científica que llevaría a McEwan a despachar la típica frase “la venganza es dulce”, para más bien admitir que “la venganza activa las mismas partes del cerebro que se activan cuando se experimenta satisfacción, ira o apetito sexual”, lo llevó también a ser un obsesivo del detalle, al punto que encaminó su obra hacia una corporalidad exacerbada que algunos no creyeron era posible leerse. “Al principio de mi carrera literaria vi que los escritores contemporáneos a mi alrededor eran algo aburridos, hablaban de matrimonios quebrados y de educar a la gente de la clase media, y yo quería algo más brillante, o más oscuro, así que escribí historias complicadas y perversas. Quería decir ‘mírenme, aquí estoy’”, asegura el escritor.
Su primera historia, Jardín de cemento (1978), retrataba con magistralidad la forma en que un par de niños enterraban el cadáver de su madre en el sótano. Vinieron luego otras más macabras, como El placer del viajero (1981) y Niños en el tiempo (1987). Sus libros, con el detalle a veces de un cirujano, a veces de un placentero asesino, retrataban sentimientos perversos, situaciones oscuras que los lectores empezaron a disfrutar a pesar de sí mismos. “En esa época solían preguntarme en las entrevistas si escribía para impactar al lector, yo solía decir que no, pero ahora creo que la verdadera respuesta es sí”. Pero tanta morbosidad le resultó insostenible incluso a McEwan, que por entonces era apodado McAbre.
Sus acostumbradas y larguísimas caminatas por las montañas de Inglaterra compartidas con sus otros amigos escritores, Julian Barnes y Martin Amis, empezaron a desarmar esa especie de ideología que lo había cobijado hasta ahora según la cual la “escritura era dolor, simplemente dolor”, y lentamente fueron redireccionando su voz para ver florar en sus novelas sus intereses por la ciencia, la política y la música. Así fue como con letras para algunos más cómodas Ian McEwan ganó con su libro Ámsterdam(1998) el premio Booker y luego escribió su novela de 435 páginas Expiación (2001), que le trajo un éxito rotundo que llevaría su nombre incluso hasta el cine.
“Es una historia que tuvo un gran impacto —ha vendido más de cuatro millones de copias— y lo más curioso es que la gente suele preguntarme constantemente por el episodio en el que Briony se cuestiona por su mano”, asegura el escritor, quien confiesa que muy al contrario de lo que la gente le ha dicho de ese personaje como una creación perversa, lo que él cree es que ella sí cometió un error terrible al acusar a alguien inocente de violación, “pero ella gasta el resto de su vida con la conciencia de lo que hizo. Uno nunca puede cambiar el pasado, no lo puedes deshacer, pero puedes reflejarte en él y puedes vivir una vida constantemente en revisión”, explica el escritor casi como si hablara de una persona real, bueno, quizás en personas reales es en lo que se convierten sus complejos personajes para los lectores. “Es aún un placer cuando hablo con los primeros lectores de mi libro y ellos me dicen, con nombre propio, que uno de los personajes no debería estar sometido a tal destino, yo digo ¡sí! Ellos creen en esta persona, creen que existe y ese es mi mayor logro como escritor”.
El ateísmo de Ian McEwan, su talento para crear suspenso y retener información, su amor por el azar y el juego con las posibilidades del destino, la pasión por la música de John Coltrane y Miles Davis y sobre todo su frustración de no saber tocar la guitarra —lamento que alentó a su esposa, Annalena McAfee, a regalarle una guitarra de aire que funciona con sensores de movimiento— son también elementos que palpitan y habitan la obra de este aclamado escritor, que por estos días camina tímidamente y por la sombra en las calles de Cartagena. A sus 60 años y con el amor que le profesa al cielo gris de Londres, sólo así, en la sombra, el calor del Caribe le parece placentero.