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Maestros para arreglar la música

Juan Cristian Valencia y Jorge López tienen a su cargo esta actividad de amplia acogida por parte de los jóvenes que asisten a la Escuela de Bellas Artes.

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Recorrer los pasillos de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena es como ser testigo de la amalgama musical. Mientras un violín repite una escala de notas, un cello trata de ser afinado a veces no con tanta precisión y una viola se resiste a ejecutar una melodía. El trayecto no es largo pero, si se cuentan los instrumentos que se escuchan desde la puerta hasta el salón, bien podría pensarse que la distancia supera en dimensiones a la misma muralla.

La puerta del aula en donde se realizará el taller de luthería, el ancestral arte de elaborar y reparar instrumentos, está cerrada con un candado oxidado que permite solamente ver que allí se encuentran consignados los mayores tesoros de cualquier institución musical: sus instrumentos. Lo primero que se puede observar es un contrabajo reposando en una mesa a la espera de ser premiado con cuatro cuerdas. Más adentro está un cello en precarias condiciones y algunas violas y violines hacen fila para recibir atención.

Maleta en mano aparecen Juan Cristian Valencia y Jorge López, los dos maestros que guiarán los diferentes procedimientos que los quince estudiantes de esta cuarta versión del taller deben proporcionarles a los maltrechos pacientes sonoros. La primera instrucción para los alumnos es que colaboren encendiendo los cuatro ventiladores del techo y de los dos giratorios que adornan, al igual que tres violines en construcción, las paredes del lugar.

El elemento predominante en el salón es el papel periódico. Aquí se le da múltiples funciones: mantener en buen estado las mesas, limpiar las brochas y proteger algunas piezas que después colaborarán en el mágico proceso de producir música. Juan Cristian recuerda que en los 27 años que lleva de trabajo como luthier su alumno más destacado ha sido Jorge, quien lo acompaña en esta asignatura que forma parte del Cartagena IV Festival Internacional de Música. El maestro actualmente trabaja con la Orquesta Filarmónica de Bogotá y tiene talleres en la capital y en Cali. Jorge, por su parte, se encarga de mantener en óptimo estado los instrumentos de la Fundación Batuta.

La clase se divide en tres grupos. El primero sigue las indicaciones de Juan Cristian, el segundo recibe instrucción de Jorge y el último está integrado por algunos espontáneos visitadores que observan desde la puerta arriesgados procesos de lijado, instalaciones de piezas en madera y complejas reparaciones.

Las herramientas para fabricar y restaurar instrumentos musicales son complejas. Cada maestro tiene en su haber dos cartucheras con los materiales esenciales para desarrollar su importante labor. Valencia sigue con la evolución de su clase y saca un serrucho japonés con los dientes dispuestos en el sentido contrario al de la tradicional herramienta para maderas. “Es preciso en el corte” dice mientras hace una pequeña demostración. Sus maletas parecen las de un carpintero, pero al mirar cada elemento de cerca se pueden establecer grandes diferencias.

El maestro extrae escareadores, calibradores y una suerte de pinza  llamada pica almas. “Se llama así porque es de los pocos elementos con los que se puede llegar con facilidad al ‘alma’ del instrumento sin alterar las otras piezas”, afirma y al segundo siguiente hace una demostración práctica con una viola en pleno proceso de fabricación.

Cada alumno tiene un instrumento en las manos y todos pueden lijar, brillar, pegar y, simultáneamente, reciben las indicaciones de sus guías. Es como si a pesar de su juventud (ninguno supera la mayoría de edad) tuvieran el entrenamiento de un músico de orquesta que puede leer su partitura y seguir las instrucciones del director. No todos los instrumentos requieren del mismo procedimiento y por eso la sesión se torna personalizada. Los maestros recorren el salón de un lado al otro para resolver las inquietudes de sus pupilos. De vez en cuando colaboran directamente en el trabajo de los jóvenes, pero la norma es clara: “Enseñar a hacer y no realizar el trabajo que les corresponde a los alumnos”.

El taller de luthería toma toda la mañana y parte de la tarde con algunos recesos para hidratación. El desfile de alumnos es grande y el número de observadores supera a los estudiantes. Aquí no hay radios, ni iPods, ni computadores con música, pues el sonido ambiente, desde el comienzo hasta el final, es una mixtura de sonoridades en la que reinan los instrumentos de cuerda, amos y señores del ambiente en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena.

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