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Los diarios franceses utilizaron un término preciso para describir la reciente victoria electoral del presidente Denis Sassou Nguesso: s’accrocher, aferrarse. Aferrarse al poder. Con esta victoria, Sassou entra en su tercer mandato consecutivo en el Congo y sumará 37 años como presidente. Aunque ya había gobernado entre 1979 y 1992, fue descartado en las elecciones de ese año y después de la guerra civil volvió a ser investido como presidente en 1997. Desde entonces se ha mantenido en el poder, hasta el punto de que los columnistas de oposición se refieren a él, tras su victoria, como Sassou III: el rey natural de esa tierra de petróleo. Pero su mandato ha carecido, justamente, de naturalidad. En dos ocasiones, Sassou ha modificado las leyes a su favor para relanzarse a la Presidencia. La última metamorfosis de la Constitución ocurrió por el referendo de octubre del año pasado: su formación, el Partido Laboral de los Congoleses (PTC), argumentaba que el cambio era necesario para un “mejor gobierno”. El partido pareció eludir la ironía de esa premisa. Sassou permaneció en silencio sobre sus ambiciones presidenciales, pero todos sospecharon que se lanzaría de nuevo, pues las modificaciones parecían formuladas para prohibir su olvido. Aquel referendo fue la prueba de que Sassou suele contradecirse. En la Constitución de 2002, al parecer para eliminar a sus contrincantes más añejos, su gobierno propuso que la edad límite para el presidente fuera de 70 años. Ahora que ha cumplido los 72, la determinación cronológica carece de importancia: el referendo eliminó tal prohibición. Cuando discutían los cambios de la Constitución, hubo quien sugirió —y fue respaldado por numerosos delegados nacionales— que el presidente no tuviera límite de reelección y que no importaba la edad en la que fungiera como presidente. Todo esto, dijeron, “para conciliar los valores universales de la democracia”. En Congo, la democracia es mucho más joven que Sassou y, por ello, ambos conceptos tienden a repelerse. En su primer mandato, Sassou gobernó en un país de partido único, similar a China o Cuba. Por presiones externas, se vio forzado a permitir la creación de nuevos partidos: ese giro significó la entrada de la democracia al Congo. Y a Sassou no le trajo buenas noticias; en las elecciones de 1992 quedó en tercer lugar y el ensueño de sus primeros trece años de gobierno se hizo polvo. Había tenido mejor suerte cuando mediaba la violencia, dado que su ascenso comenzó desde que participó en el golpe de Estado de Marien Ngouabi y su primera elección como presidente ocurrió tras el derrocamiento temprano del coronel Joachim Yhombi-Opango. Y volvió al poder en 1997, después de una guerra civil en la que él, antiguo paracaidista del ejército congolés, lideraba una de las facciones. En ese sentido, Sassou es un político cuya forma de la democracia es puramente marcial. Sus opositores no comprenden por qué gana y arguyen, como último recurso, el fraude. El Congo es el cuarto país en producción petrolera y, a pesar de la bonanza, más del 70% de la población vive bajo la línea de pobreza. Cuando un periodista de L’Express sugirió que muchas de sus promesas electorales eran el listado de aquello que no había hecho, Sassou respondió: “Usted puede decirlo así, pero no creo que ésa sea la lectura que hacen los congoleses. Aunque no hemos dado electricidad como lo habíamos anunciado, sí creamos las condiciones para hacerlo”. En su círculo más cercano, la palabra bonanza es de uso descriptivo. En 2006, personas de su vecindad política y familiar se hospedaron en el Waldorf Astoria por los días de la Asamblea General de la ONU y gastaron 130.000 libras. Uno de los gastos incluía una botella de champaña de 400 libras. Organizaciones británicas dicen que su familia tiene numerosas cuentas bancarias en Francia con dineros provenientes del petróleo, en especial su hijo, Denis-Christel, exdirector general de la Compañía Nacional de Petróleo. “En lo que me concierne —dijo Sassou a Le Figaro—, no tengo ninguna cuenta en un banco de Francia (…). Y mis hijos son mayores, están casados y tienen hijos. Su vida no es la mía y se organizan como desean”. Pero Sassou suele contradecirse. Cuando se descubrió que tenía una propiedad de 500 metros cuadrados en Vésinet (Francia), dijo primero que estaba a nombre de su hermano (“que no tenía cómo pagar un alojamiento en París”); después afirmó que la había comprado para que sus hijos, entonces estudiantes en Francia, tuvieran un lugar donde vivir; luego aceptó ser el propietario, y una sociedad parisina anunció que debía 800.000 euros por trabajos de reparación en esa propiedad. En otra entrevista, poco antes del comienzo de su segundo mandato, resaltaba que la ley protegía la libertad de prensa, pero en estas elecciones sólo el Gobierno podía transmitir los resultados de las votaciones y estaban prohibidos los reportes desde las urnas. Un periodista reportó que antes de su triunfo oficial, sus seguidores ya celebraban en las calles.
* Jtorres@elespectador.com