Los nuevos enemigos venenosos de la especie

Ignacio Zuleta Ll.
20 de febrero de 2017 – 09:00 p. m.

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No hace muchos siglos los hombres que habitaban las cavernas tenían claros sus enemigos naturales. La evolución había llegado a convertir a los primates en homínidos —en apariencia menos animales— y ya había un registro instintivo y “cultural”: los leopardos se comen a los niños; las serpientes de cabeza triangular son letales, los escorpiones se esconden en las piedras, en el bosque hay hongos venenosos que son rojos… y así todo el acervo de saberes que procuraba la supervivencia. Hoy esos enemigos han cambiado y hay que escudriñarlos en la letra menuda del empaque del jabón de baño, el dentífrico y el champú; y desde luego en todo producto empacado y procesado que ingerimos.

Por señalar algo concreto en esta jungla de inventos de Big Pharma y sus hermanos de sangre de petróleo, en el mundo industrializado ha crecido la preocupación con respecto a los llamados perturbadores endocrinos. Como su nombre lo indica, estas toxinas perturban el sistema hormonal y pueden causar graves daños a la salud y al comportamiento, especialmente de los niños. La ciencia no descarta que, verbigracia, el síndrome de hiperactividad y déficit de atención sea causado en gran parte por las toxinas que comemos, nos untamos o nos ponemos sobre el cuerpo. Desde luego los efectos no son solo endocrinos. Hay evidencias de que muchos compuestos que circulan libremente por las selvas del mercado son dañinos y pueden producir desde alergias hasta cáncer. Habrá algunos inocuos, pero la lista de químicos aprobados y aún desconocidos, es enorme.

Por ejemplo, un viejo y falso amigo como el triclosan (potente antibacteriano y fungicida) de su Mexana y su Colgate Total —que lleva en el mercado desde que éramos niños— fue prohibido hace poco en los jabones antibacteriales de los Estados Unidos. Los dermatólogos saben que causa alergias graves. Los investigadores independientes sospechan, como lo publicó la revista del Smithsonian (2012), que altera la función muscular, entre otros efectos. Hay que estudiar a los nuevos enemigos. Si la FDA está sujeta a presiones de las multinacionales poderosas, qué diremos de nuestro vulnerable Invima.

¿Qué hacer entonces ante estas amenazas? Lo primero sería asumir la responsabilidad de autocuidarnos, llevar la lupa y leer con cuidado los contenidos de todos los productos. Hay que estar a la defensiva una vez más. De hecho, el 90 por ciento de los productos de consumo que vienen embalados tienen toxinas desde el mismo empaque de polimorfo plástico perverso. Preferir envases de vidrio es buena idea. Cortar por lo sano sería cambiar en lo posible todo lo que venga en un paquete, por alimentos frescos de origen natural ojalá orgánico, estimulando así la producción. Luego está devolverse a los verdaderos amigos del hogar: el vinagre, el bicarbonato, los jabones artesanales de saponinas herbales, los aceites de coco y ajonjolí como hidratantes o los baños de zonas íntimas con manzanilla y aloe vivos, comprados en la plaza o sembrados en su balcón. Está también la necesidad de volver a las antiguas purgas de hígado con yerbas de la abuela para eliminar lo que se pueda aún eliminar de las toxinas ubicuas de este complejo mundo del consumo. El reto es serio para la salud del homo sapiens de este siglo.

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