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Las alarmas están prendidas ante la eventualidad de un divorcio entre Europa y América.
El discurso que ha animado tanto el retiro británico de la Unión Europea como el escepticismo de Donald Trump sobre las alianzas que sostienen al bloque occidental, pone en peligro la armonía de un conjunto no solamente ligado por la historia, la necesidad y la política, sino por valores culturales que deberían conducir más bien a la unidad.
La Conferencia de Seguridad que se reúne en Múnich cada año, tras la iniciativa de un militar alemán que participó en la conspiración contra Hitler, ha sido el escenario de advertencias, veladas y cordiales, sobre las posibilidades de un cambio de contenido y de rumbo en las relaciones entre los Estados Unidos y sus aliados. Los discursos del Secretario de Defensa, James Mattis, y del Vicepresidente Pence, invitados a esa reunión, han confirmado que el ahora supremo orientador de la política y de la fuerza militar de los Estados Unidos no va a cambiar su discurso de campaña y se sostiene en posiciones radicales en cuanto a las responsabilidades de su país en la defensa común.
A pesar de que Mattis y Pence reiteraron el compromiso de continuar con el proyecto colectivo de la OTAN, hicieron también advertencias sobre una especie de nuevo rigor en materia de gasto militar, al que los aliados europeos no están acostumbrados, y que implicaría para ellos un cambio de roles, fundamentado en la adopción de medidas de carácter presupuestal que hasta hace poco no figuraban dentro de sus cálculos políticos ni financieros. Algunos medios europeos han interpretado la intervención de los emisarios de Trump como un ultimátum que tiene en cuenta solamente los factores económicos, bajo la amenaza de “moderar” el compromiso estadounidense con la organización.
Si se tratara simplemente de la exigencia de mayores contribuciones económicas al propósito de la seguridad colectiva del grupo, el problema sería solamente de dinero y tarde o temprano se encontraría una solución. Pero el tono de amenaza y el contexto de un discurso que ha elogiado el Brexit y despreciado el valor de la unidad europea, introducen elementos dramáticos que buscarían establecer una especie de nueva relación, más distante y discriminatoria, entre viejos amigos, al tiempo que generan desconfianza y alimentan una escasez de compromiso político, que para los europeos resultan preocupantes.
Lo grave es, entonces, que mientras Europa realiza esfuerzos por mantener su unidad de propósitos bajo una organización como la Unión Europea, que implica, con defectos y limitaciones de soberanía, la consolidación de la paz después de unas guerras atroces, los Estados Unidos no van más allá del apoyo formal a la organización militar que comparten. Comportamiento que han enfatizado con su discurso, y que contribuye a impulsar una oleada de radicalismo nacionalista que podría llegar a destruir los esfuerzos de tantos años, para volver a la misma tremenda inseguridad de la competencia entre países con malas memorias del pasado, que a nadie le convendría revivir. Además de la incertidumbre que proviene de amenazas comunes, que encontrarían en una Europa desunida la oportunidad de un festín.
Es cierto que la inseguridad es, antes que todo, una sensación, y que entre ella y la realidad puede haber una distancia que solo se hace evidente cuando pasa algo, porque mientras no pase nada está ahí, latente, cumpliendo su función depredadora. Y es frente a la realidad cotidiana de los sentimientos de inseguridad que los aliados de los Estados Unidos, y sus ciudadanos, requieren de claridad meridiana en cuanto al compromiso no solo de apoyar las causas militares comunes, así sea bajo nuevos parámetros, sino de respetar y ayudar a fortalecer la institucionalidad de la Unión Europea, no solo como experimento económico sino como bastión de paz y seguridad.
El nacionalismo radical, la ignorancia sobre la liturgia de la vida internacional contemporánea, el desdén por las necesidades de los demás, el encierro que niega de paso lo inevitable de la interdependencia en un mundo que difícilmente permite la subsistencia de guetos, y una retórica desafiante y desordenada frente a propios y extraños, no contribuyen sino a activar las alarmas que advierten sobre las consecuencias de una ruptura entre países que tienen historias entrelazadas y una cultura política que debería evolucionar hacia la cooperación y el entendimiento, sin que nadie se pueda arrogar la potestad de ser quien juzga a los demás, con el prejuicio de que todos son un desastre, mientras con los propios actos de pronto está sembrando las semillas de su propia destrucción.