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Botánica de cristal

Alberto Baraya fue uno de los dos artistas colombianos que expuso en la ciudad de los canales. El artista montó una instalación de plantas y flores de Murano en una pared de 14 metros.

12 de septiembre de 2009 – 03:59 p. m.

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Si los ilongot, una tribu de las Filipinas, bautizan a las orquídeas silvestres con nombres de las partes del cuerpo, si el pueblo rofaifo de Nueva Guinea clasifica al casuario (un ave gigante) como un mamífero, Alberto Baraya categoriza las flores de plástico Made in China creando un herbario de plantas artificiales. Su nueva expedición en la Bienal de Venecia como representante de Colombia junto al artista Luis Roldán, consistió en una taxonomía vegetal de cristal de Murano.

Tanto Baraya como Roldán participan en este encuentro bienal donde artistas de todas partes celebran el mundo de las artes. No hay duda de que la reputación de esta institución cultural se encuentra en la cima y de que la legitimación sea poderosa para quienes se presentan. Fundada en 1895, la Bienal de Venecia comenzó como una muestra de arte que ahora reúne las categorías de arquitectura, danza, cine, música y teatro. La edición número 53 del evento de arte tiene como hilo conductor el lema “Construyendo mundos”. Desde junio 7 hasta el 22 de noviembre de este año, curadores, artistas, galeristas, amantes del arte y curiosos se dan cita en la ciudad de los canales para compartir lo humano y lo divino.

La Bienal está divida por distintas muestras. Por un lado está la exposición central, que es curada por un director artístico: en este año fue el sueco Daniel Birnbaum, quien le dio el eje temático de “Construyendo mundos”  —esta exhibición tiene lugar en el Arsenale y el Giardini—. De otro lado, están los pabellones de los países, que esta vez sumaron 77, el mayor número hasta la fecha. Algunas naciones tienen un espacio propio para exponer y esto depende en buena parte del presupuesto que tenga cada una para el proyecto. En el caso de Colombia, la intervención de Baraya y de Roldán comparten lugar con otros países latinoamericanos. Sus obras fueron escogidas por  Irma Aristizábal, una curadora argentina, quien fue designada por el IILA, una organización ítalo-latinoamericana que participa con pabellón propio en la Bienal de Arte y Arquitectura.

Aristizábal quería que Baraya participara con una obra que él ya había presentado en la pasada Bienal de São Paulo, pero el artista fue insistente en no querer mostrar algo ya visto sino un trabajo inédito. Así que le propuso darle una vuelta de tuerca al mismo proyecto y hacer una expedición in situ. Y así fue.

Veinte días antes de que la Bienal abriera sus puertas, Baraya llegó con la firme intención de crear una botánica de cristal de Murano a pesar de que se hubiera topado con unos presupuestos que parecían imposibles de costear, pues el producto de su obra es una artesanía de lujo hecha por manos europeas. En efecto, el cristal de Murano tiene un valor y un prestigio que se le reconoce en todo el mundo, lo cual lo ha convertido en un producto suntuario.

La expedición Venecia

Su expedición comenzó desde Bogotá, recorriendo los anticuarios, conociendo la única fábrica de cristal (a la manera veneciana)  que existe en el país y visitando algunos particulares recomendados por el voz a voz de que había una persona en la búsqueda frenética del preciado material. Uno de ellos tenía una lámpara que se había quebrado y le regaló una hoja rota de cristal. “A mí me valía, no importaba si estaba rota, era un espécimen, un taxón para mi herbario”, sostiene Baraya.

Cuando llegó a Venecia, el vaporetto (taxi lancha) que lo llevó del aeropuerto a la ciudad llevaba una flor decorativa en cristal en el camarote del capitán. Ésta era una señal de que las cosas iban por buen camino.

Sus días transcurrieron dentro de los vericuetos de una ciudad en forma de laberintos de agua, en ires y venires a la isla de Murano, para conocer desde adentro los secretos que guardan los hornos donde se confeccionan piezas invaluables. Conoció a maestros, artesanos, vendedores, parlanchines y agentes turísticos del cristal. Entró a todas las tiendas de los más variados estilos, unas de gustos estrafalarios, casi como  templos a la magnanimidad donde se atropellaba la estética, otras magníficas de grandes diseñadores donde lo exquisito era la regla,  así como también las tiendas de souvenirs turísticos donde surge el conflicto de la imitación barata Made in China.

Su investigación de ojo aguzado le permitió conocer este gremio artesanal “que se debate entre la habilidad, el conocimiento y la oportunidad, una mezcla que  se da en pocos mundos como el del vino y los tabacos”.

Con la hoja rota que le habían regalado en Bogotá creó una pieza  que llevaba debajo del brazo dentro de su dossier. Éste funcionaba como carta de presentación con el cual se anunciaba ante los artesanos venecianos diciendo la clave mágica: Io sono artista de la Biennale (soy artista de la Bienal). Seguramente ésta fue la única frase italiana que aprendió, pero le sirvió para abrir puertas, esas que también se abrían al desplegar la estrategia aprendida de jugar con la vanidad de los demás. Así, apelando a la seducción, logró convencer, hacer trueques, negocios, mediaciones, obtener rebajas, préstamos para la consecución de su obra.

Muchos de los artesanos que consultó aceptaron de buen agrado participar en una obra artística y otros se les notaba incrédulos y escépticos. Algunas casas de alto diseño no miraron el proyecto con buenos ojos porque les parecía que desvirtuaba el valor de sus creaciones, que la propuesta era ordinaria para las expectativas de sus productos. “Entré a un sitio que estaba seguramente destinado a venderles esculturas de Murano a petroleros rusos y texanos y evidentemente yo les parecí un ‘patinchado’ y terminaron diciéndome: We don’ t want cheap people (No queremos gente barata)”, cuenta jocoso.

En una de estas visitas, él se presentó como solía hacerlo en cualquier parte, “Io sono artista de la Biennale” y preguntó por el maestro porque vio unas piezas ideales para su proyecto. Cuando le mostró la pieza que había hecho con la hoja rota conseguida en Bogotá, el maestro le dijo que esa hoja la había hecho su bisabuelo. Entre los expertos, se reconocen los moldes, las fórmulas específicas de los colores y la manera de trabajar el material. El maestro de esa tienda era el heredero de una tradición familiar que mostraba con orgullo, como si se tratara de un tesoro o de un secreto medieval.

Sólo en Venecia pudo haber comenzado esta expedición y no en otra parte del mundo. “Me interesaba cómo se representa lo vegetal en Venecia”, confiesa Baraya, quien también se dirigió a los museos. En el Instituto Veneto de las Ciencias, las Artes y las Letras quedó boquiabierto por la fiesta herbaria de cristal y por las flores de las lámparas, ideales para su obra, que colgaban del palazzo Ca’ Rezzonico, fiel representante del mundo de la ostentación, la fantasía y el lujo de una ciudad que fue en su momento muy poderosa.

A última hora, después de un largo periplo, Baraya pudo desplegar en 14 metros un mapa y una serie de objetos que obedecían a una botánica de cristal en el pabellón latinoamericano. “Participar en la Bienal es como un hito dentro de ese supuesto lugar de consagración del arte. No considero que sea tal, pero evidentemente es una experiencia de reconocimiento que no se puede tener en otros espacios porque éste tiene una exposición multitudinaria”.

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La sospecha es que más allá de estar en uno de los escenarios más significativos del arte, a Baraya le interesa más haber podido ejercer su labor de taxónomo.

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