El Carnaval, el Código, la vida…

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Cuando ocurrió el desfile de la Batalla de Flores del Carnaval de Barranquilla del año 2000, había pasado un año y algunas semanas desde que Manuel Marulanda Vélez dejó plantado a Andrés Pastrana en San Vicente del Caguán, pero en la retina y la mente del entonces presidente de la nación todavía resplandecía la imagen de una silla plástica blanca y vacía. Quizá para esos días, en los que se cumplía un año del comienzo arrevesado de un nuevo proceso de paz con las Farc, la sensibilidad del presidente no estaba para carnavales ni mucho menos para soportar su incuestionable licencia para burlarse de todas las formas del poder.

Según nos contó Heriberto Fiorillo en una interesante crónica, ese día Darío Moreu —un teatrero aventajado que con sus perspicaces disfraces se había hecho merecedor a cinco Congos de Oro consecutivos—, en algún momento del desfile, miró de frente al presidente que estaba en uno de los palcos y blandió un falo descomunal de 70 centímetros, fabricado de espuma y látex, que era parte de su imponente disfraz de Sátiro Alado.

Al día siguiente, argumentando que había irrespetado a la primera autoridad de la nación, la Policía se opuso a que desfilara con el grupo de actores que lo acompañaban en la Gran Parada del Carnaval. Al final, agotado con la intransigencia de quien comandaba al grupo de agentes que le cerraron el paso, Moreu sólo pudo hacer una pequeña parte del desfile, no sin antes dejar en custodia con uno de los policías el inmenso falo que había herido la sensibilidad de un presidente en carnaval. Luego del incidente, Darío Moreu dijo lo que de lógica debe decir quien tiene claro de qué se trata el carnaval. Dijo que él estaba en su terreno, en los terrenos del carnaval, y que era el entonces presidente —como le ha ocurrido muchas veces a lo largo de su carrera política— el que estaba en el lugar equivocado.

Precisamente, los tiempos de carnaval que se viven en Barranquilla por estos días ponen en evidencia lo equivocado que también está el nuevo Código de Policía. En un país con altos niveles de refinamiento de las formas de la delincuencia, el Código parece buscar la fiebre en las cobijas. Mientras por un lado la institución manda mensajes de impotencia recomendando que la gente salga a la calle sin el mínimo objeto de valor porque no pueden responder por la seguridad de los ciudadanos, por otro lado parecen embarcarse en una lógica de uso masivo de agentes para controlar los cuerpos. No hay maneras ni recursos para perseguir a la delincuencia organizada, pero sí para controlar la cerveza dominical en la esquina del barrio, el baile de pretil y la comunión de los pobres en las plazas.

Además de afectar derechos constitucionales, como algunos ya lo han venido diciendo, la imagen de policías parando el goce en tiempos de carnaval termina siendo más paródica y risible que las propias carnestolendas. Conviene mirar este tema con cuidado, porque dado el temperamento festivo e irreverente de algunos de nuestros pueblos, el nuevo Código de Policía amenaza con convertir a los agentes que pretendan aplicarlo a rajatabla, en una mojiganga más del carnaval.

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