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Alberto López de Mesa *
Tuve conciencia de mi generación a los 16 años de edad, en una playa del Parque Tayrona, en Santa Marta. Estaba con dos amigos, Pedro Pinedo y Julio Barragán, escuchando a Jimmy Hendrix mientras leíamos El laberinto de la Soledad, de Octavio Paz.
En Bogotá, los compañeros de juergas estudiaban conmigo en el Instituto Daza Dangond, otros en el Refous, en el Juan Ramón Jiménez y en Antonio Nariño. Todos deplorábamos de los gringos en Vietnam, de las dictaduras militares en América Latina, idealizábamos a Gandhi, Marx, Picasso, Buñuel, Chaplin, Brecht y hasta a la selección Brasil del 70. Leímos Cien años de Soledad, Rayuela, El siglo de las Luces y casi todas las obras maestras del Boom. Gozamos a Ricardo Rey, Celia Cruz, al jefe Daniel Santos, Charly García, Chico Buarque y Alfredo Gutiérrez. Lloramos las muertes de Camilo Torres, del Che Guevara y de Salvador Allende.
Éramos jóvenes artistas, con ideología política y conciencia social, románticos, sin duda, porque creíamos en que el arte podía transformar el mundo, aunque durante un tiempo respaldamos la revolución armada que triunfó en Cuba y la de quienes porfiaron su lucha en los campos colombianos. Pero en la práctica fueron los movimientos culturales e intelectuales los que animaron y forjaron nuestro espíritu.
Fue en centros culturales de Bogotá donde amigos magistrales forjaron mi alma para el altruismo, la bohemia ensoñada y las expresiones estéticas. Memorable fue el teatro del Parque Nacional, cuando lo dirigió Beatriz Caballero y florecieron allí el Acto y el Biombo, Son Latino, el mimo Julio Ferro, Latonicalatero y la Libélula Dorada.
O también el Auditorio León de Greiff, cuando lo dirigió Fernando Garavito. Allí compartí escenarios y tintos con los primeros carrangueros de Veloza, con Jorge López y su Yakykandru, Totó La Momposina y la maestra Delia Zapata. En este espacio aprendí del antropólogo Fernando Urbina y conocí a Gloria Triana cuando realizaba la serie de documentales Yuruparí. Escuché al grupo de canciones populares Nueva Cultura y a la filarmónica dirigida por el maestro Ernesto Díaz y a su recua de hijos y parientes que parecía sonar por todas partes. En este auditorio nació El Guiño del Guiñol, grupo de títeres de mi alma cuyo adalid sigue siendo Camilo Cuervo.
Importante para mi generación también fue la Escuela de Arte Dramático dirigida por Santiago García, que albergaba maestros que me marcaron como Gustavo Londoño, el semiólogo Giogio Antey o el director Gustavo Cañas.
A los de mi generación nos abrumaban los toques de queda, el estado de sitio, el Upac. Al colmo del acoso buscábamos refugio en Arte y cerveza, Quiebra canto y el Jardín de Freud. Ahora, estos artistas y grupos celebran 40 años de vida artística. Y aunque los ecos de nuestras obras en las nuevas generaciones no están referenciadas por la historia, aún se siente el bajo marcando el encanto de su tiempo.
* Arquitecto y habitante de calle.