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Por: Alberto López de Mesa*
Los carteles de la droga más fuertes del Bronx mantienen su negocio con expendedores ambulantes en varios lugares de la localidad Mártires. “Gancho Mosco”, el más apetecido, se vende en la Estanzuela, detrás del hospital San José e, incluso, sobre la carrera 16, a cuadra y media de donde los desalojaron el pasado 28 de mayo. Curiosamente, los del barrio reconocen y respetan a un sayayin, acuerpado y rubio, que se pasea de esquina a esquina ejerciendo la seguridad de un expendio itinerante de basuco. Siempre va armado con un bate y lo acompaña un perro bóxer. Por alevoso y déspota, la sabiduría callejera lo ha apodado Trump y la verdad es que se parece mucho al presidente de los Estados Unidos.
El tipo no tiene necesidad de ser un sayayin porque es hijo de capos migrantes del eje cafetero que amasaron su fortuna ilícita desde los tiempos del Cartuco. Pero lo tienta el poder y a sus socios les conviene que sea él quien vele por la seguridad y la prosperidad del negocio. Alguna vez ofició como proxeneta, ofreciendo chicas a clientes adinerados en el barrio Santa Fe. Dicen que su actual mujer procede de esas tratas. Su principal tarea es evitar que indigentes lleguen a comprar o a merodear a sus ollas. No es conveniente ante los vecinos y los policías que estos habitantes frecuenten el parche y para evitar eso ha obligado a subir los precios de las bichas. Cuando un indeseable insiste en irrumpir su zona, lo lincha públicamente a batazos.
El Trump sayayin consume lo que quiera sin pagar en las tiendas del sector, es vulgar y atrevido con las mujeres que transitan por ahí. En charlas de tiendas, se rumora que él no respeta los pactos ni los tratados entre las mismas mafias y que sube o baja los precios de la droga a su antojo. Pero en realidad lo aceptan, unos porque le temen y sus adeptos porque están ganado a su lado, pues les sirve ese estilo de seguridad para sus negocios.
Ya hay muchos resentidos por su despotismo. No sería raro que una de sus víctimas en un ataque de ira y en un acto suicida, se arriesgue y lo quiebre de una vez por todas. O que hasta el mismo vecindario, el establecimiento intimidado por sus excesos, bajo cuerda propicie su deceso. Pero por ahora todo indica que aquí y allá vamos a tener Trump para rato.
*Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle