Dios no existe y de la patria queda poco

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Hace un par de años Andrés Acosta, un hombre de mi misma edad al que todavía no conozco personalmente, compartió conmigo su manuscrito “Detrás de la placa”. El libro, que está dividido entre cinco municipios en los que Acosta trabajó como patrullero y luego subteniente de la Policía, no es compendio de intrigas ni narración periodística, sino más bien un relato sereno de su historia. Desde el principio de mi lectura lo sentí cercano, como a un primo hermano, llegando del INEM de Villavicencio con morral de manos libres. O buscando trabajo con la hoja de vida en carpeta. Su caminata por la orilla de la calle con más sombra, al medio día hirviendo de las ciudades colombianas con río. Cantos de pechiamarillos, nos explica, amenizaban la búsqueda larga que no funcionó.

Sus abuelos paternos habían hecho plata con una bomba de gasolina en la antigua vía al llano. Después de feriarse la herencia, el padre se fue y quedaron sus hermanos y él bajo la impresionante capacidad de trabajo de la mamá. “Me tocó una familia de las que cuentan que tuvieron modos pero ahora son pobres”, dice antes de describir cómo la entrada a la Policía fue iniciativa materna. Después todo fue rápido: la visita residencial en la que la mamá recibió a los policías con jugo, el entrenamiento exprés como parte del Plan 10.000 del entonces presidente Uribe. El mentado plan redujo el curso de patrullero de 12 a seis meses con el fin de incorporar 10.000 nuevos policías rasos en un año. Por lo cortico aprendió poco. A marchar; gritar respuestas; temer a los superiores; disparar en polígono, templar en sus cuatro esquinas las sábanas de la cama.

Tras su graduación fue enviado a Soacha. Y es, quizás, en la descripción de ese municipio que el libro es más generoso. Acosta lo describe desde su entrada a la autopista sur: “Vía de trancón eterno, polvorienta debido al lodo que baja de las lomas en los días de lluvia; arenosa por el ir y venir de las volquetas que se usan en las canteras”. Soacha con una frontera enredada por “un cerco montañoso, pero no cubierto con árboles frondosos y reservas naturales, sino con basura y perros callejeros”. Y otra sembrada con “las flores violetas de la papa” y los cultivos de uchuva y arveja que “colgaban como marionetas en medio de una telaraña de piolas que las sujetaban”. Soacha desmantelada entre canteras sin licencia que “se iban comiendo las montañas”; cargamentos de pino o eucaliptos; fábricas de pólvora; de discos; de películas piratas y de bazuco al por mayor y detal. Para enfrentar el conflicto que desde el país se metía a los barrios, la Policía organizó cuadrillas con nombres de pájaros: cóndores, halcones, águilas.

Del libro aprendí sobre movilidad social y sobre el país. Curso detrás de curso, su protagonista agarra con hambre todas las oportunidades de aprender más. Podía ascender, pero no tanto, pues la institución está partida en unos quiebres pronunciados que se alimentan de (y a la vez les echan carbón) a las grandotas diferencias entre nosotros.

En la década narrada, Acosta es testigo de las pirámides de Murcia, los falsos positivos, el Plan Colombia, el Plan Pistola y la desmovilización paramilitar. En los patrullajes acaba por perder su fe en dios. También su fe en la patria. Una tarde, después de ver que no se hizo nada por encontrar al asesino del vendedor de pescado del barrio Ducales de Soacha (ni por esclarecer la muerte de ningún pobre) concluye la lección: “todo iba desde arriba hacia abajo. El Congreso hacía leyes útiles o inútiles, los magistrados y jueces las aplicaban justa o injustamente. Los fiscales investigaban legal o ilegalmente, y los policías procedíamos correcta o arbitrariamente”.

Ñapa: Detrás de la Placa, publicado por la Editorial Cain Press, será lanzado en la próxima Feria del Libro de Bogotá.

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