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Desde la caída del muro de Berlín, muchos muros y barreras fronterizas se están levantando en el mundo. En la Sudáfrica pos-apartheid surgen muros interiores y checkpoints. El muro entre EE. UU. y México no es un tema de campaña electoral, es una barrera que combina paredes de hormigón y muros virtuales, como censores y cámaras, por más de 1.300 kilómetros, y que no obstante es burlada constantemente por traficantes y migrantes. Está el muro entre Israel y Palestina, que perpetúa la separación entre ambos, la ocupación del territorio palestino y la expansión israelí más allá de sus fronteras reconocidas. La Unión Europea patrocina la construcción de vallas para proteger sus enclaves en Marruecos. Hay barreras construidas en la frontera entre Arabia Saudita y Yemen, también en los límites de Uzbekistán con Kirguistán y Afganistán; entre Tailandia y Malasia, entre Irán y Pakistán, entre India y varios de sus vecinos, entre China y Corea del Norte.
Un ejemplo más cercano son las barreras que Venezuela puso en algunos pasos oficiales del límite fronterizo con Colombia, en una frontera muy porosa de más de 2.000 kilómetros por donde siguen pasando el contrabando y los grupos armados ilegales. Y otros ejemplos más famosos son las barreras que hoy se construyen en algunos países de Europa para impedir el paso de migrantes que vienen de Oriente Medio y África. ¿Qué significan estos muros en un mundo en el que las fronteras se hacen cada vez más porosas? ¿No son paradójicas esas vallas, esas imponentes paredes, sobre todo en naciones que pregonan la liberalización, la apertura democrática y la libre movilidad de sus ciudadanos?
En Estados amurallados, soberanía en declive, Wendy Brown interpreta estos muros contemporáneos bajo tres paradojas. La primera: apertura y bloqueo. Mientras se profesa la defensa de una sociedad abierta y democrática, las naciones muestran un deseo popularizado por bloquear fronteras y así encerrar, al mismo tiempo, sus propias sociedades. Dos: universalización y exclusión. En nombre de principios universales, como la democracia o los DD. HH., se excluye al otro o se lo estratifica según su nacionalidad. Los muros, por lo general construidos en estado de excepción, suspenden leyes y legitiman la violencia contra el otro. Tres: existe un poder virtual contrapuesto al mundo físico de las barreras, y por lo general superior a ellas. Por eso, las barreras de hoy tienen, como dice Brown, una función “más teatral que efectiva”. Sirven para proyectar poder, pero son en realidad un signo de la debilidad estatal ante las amenazas transnacionales.
El teatro montado por el candidato Donald Trump se ajusta a este contexto. Sobre todo su propuesta de consolidar el muro en la frontera entre EE. UU. y México. Aun cuando ese muro se levante como la Gran Muralla China, no podría detener el flujo de drogas y migrantes que entran al territorio estadounidense desde el sur. Mientras EE. UU. siga siendo el mayor consumidor de cocaína en el mundo y una economía promisoria para los pobres del Sur global, no hay muro que valga. Las personas y los traficantes entran por túneles, por aviones o por mar. La marina estadounidense, la más poderosa del mundo, no tiene capacidad de ejercer control total y permanente sobre sus océanos. Este mismo escenario aplica para Europa.
La otra perla de Trump es proponer que el muro sea construido por los mexicanos. Otra vez, se trata de algo más que un tema electoral y no es tan extravagante como suena. Habría que ver si los migrantes mexicanos, que por ejemplo en California sirven por millones a pequeñas élites estadounidenses, no han sido ya la mano de obra que ha levantado el muro entre ambos estados. No ha sido ni será el Estado mexicano el que construya el muro, pero sus ciudadanos en territorio estadounidense tal vez sí.
Esos muros de hoy, con su implícita fantasía de seguridad contra la amenaza externa universal, con los que Donald Trump gana votos o el primer ministro húngaro, Víktor Orban, crece en popularidad, pueden contener en alguna medida el tránsito de migrantes o las amenazas externas. Pero con este logro parcial al mismo tiempo siembran una gran derrota, porque exacerban las divisiones no sólo materiales sino simbólicas y culturales con el vecino del exterior, legitiman la violencia entre un interior civilizado y un exterior bárbaro, y así, en el largo plazo, se convierten en un factor de inseguridad para sus propios habitantes. Como el populismo es de corta visión, los riesgos de construir muros no se avizoran en medio de la agitación que vive Europa o del show mediático electoral que tiene embelesado a Estados Unidos y el mundo.