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¿No hay manera de evitar un desastre cuando todos vemos que viene?
¿No hay una forma de trancar a esos grupos políticos que montaron sus empresas electorales para robarse la plata de la gente en procesos de contratación corruptos que disfrazan de legalidad mediante mallas y carruseles de empresas? ¿No hay, en las mil leyes que nos rigen, una que permita frenar a tiempo una tragedia anunciada? Me hago estas preguntas ante los hechos de corrupción de los últimos días que nos llegan de una región, pero que se repiten en muchas.
Es tan absurdo lo que se vive en la Guajira que a veces parece la trama de una pesadilla de la que no podemos despertar. Mientras avanza el lento y doloroso conteo de los niños que mueren por desnutrición, la Fiscalía investiga al gobernador y captura al alcalde de Riohacha y a varios funcionarios más. Este operativo se da apenas unos días después de que un juez condenara al exgobernador Kiko Gómez a 55 años de cárcel por un triple homicidio. Que el hombre era un delincuente se sospechaba de tiempo atrás y que su grupo político sigue ahí en la región es claro. Que las mafias se tomaron el departamento es secreto a voces. ¿Si todos los saben, por qué no se puede evitar que siga pasando? La desgracia es que a pesar de todas las sospechas, debemos esperar a que se cometan los delitos para entrar a castigar. Eso en el mejor de los casos, porque la impunidad histórica también asusta.
Hace un par de meses se dijo, se alertó cuando se acercaban las elecciones para gobernador de la Guajira. Muchas voces se levantaron para advertir que eran los mismos con las mismas, que el monstruo seguía ahí, como una garrapata chupando la sangre de la gente más pobre y quería de nuevo con fraude quedarse con el botín. La Misión de Observación Electoral decidió incluso no hacer la veeduría de la jornada porque denunciaba falta de garantías por parte de las organizaciones políticas y se veía venir de nuevo la debacle. Y llegó: ahí está otra vez la región con un gobernador bajo sospecha.
Cuando se pregunta a los expertos por qué es imposible actuar, dicen que esos son los riesgos de la descentralización y que descentralizar también tiene sus ventajas. Se entiende que las regiones deben tener su autonomía y no depender del centralismo de una dirigencia nacional que en su mayoría solo acude a la periferia a buscar los votos y respaldo político de los dueños de la zona sin preguntarse nada más. Pero, ¿no será el momento de pensar en tener alguna medida de emergencia que permita al Gobierno central, a las entidades de control, o a alguien, intervenir una región cuando el diagnóstico llega al extremo de tener un municipio o un departamento al borde del abismo o en el fondo de él? No puede ser que debamos quedarnos todos cruzados de brazos mientras vemos cómo hay ciertas zonas del país condenadas al infierno.
Y algo más: cuando se dieron las capturas en Riohacha hubo gritos, protestas y hasta intento de bloqueos. Los manifestantes no se quejaban por la corrupción, intentaban impedir la acción de la justicia, salían en defensa de los acusados, de esos que se lucran con el hambre ajena.
Esto que pasa en la Guajira y que se ha vivido también en el Chocó y en otras regiones sumidas históricamente en la pobreza y el atraso, se repite como un círculo vicioso del que resulta imposible escapar. Descentralizar ¡SÍ! por el bien de un país diverso que debe crecer y tener futuro en todos sus rincones, pero hay que inventarse una manera, un camino, para que se pueda decir: descentralizar ¡NO! cuando las mafias se han tomado una región y los recursos se van por el caño roto de la corrupción ante los ojos de todos.