Una cosa emplumada

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Hace tiempo, durante la apoteosis de la guerra en Colombia, mi primo Hugo desapareció. Sucedió durante un verano bogotano, mientras yo intentaba hacer algún dinero para pagar mi carrera de filosofía trabajando en la tienda de los tíos. Fue un verano silencioso y solitario.

El aburrimiento entró y fue a sentarse junto a mí en la única silla detrás del mostrador sin decir palabra. Empujado por mi silencioso acompañante, salí en expedición a la bodega de la trastienda y encontré una pila de libros. Novelas de detectives escritas por Raymond Chandler y Poe en edición de papel periódico; El halcón maltés de Hammett; la serie completa de Mike Hammer y un compendio de misterios debido a H. Bustos Domecq. El verano de la soledad estaba a punto de ser salvado por la ficción popular. Entonces desapareció mi primo.

Días después su madre, mi tía, vino a la tienda para contarme que en la mañana, mientras estaba aún en cama, un pajarillo había entrado por la ventana de la habitación. Habiendo confundido la pintura de un bosque con el bosque real voló dentro y tras reconocer su error salió volando de nuevo hasta posarse en una línea de alto voltaje. No dijo nada, pero entendí que había visto en el pajarillo a su hijo. La lógica y el sentido común indican que una persona desaparecida está viva o muerta. Para ella, sin embargo, su hijo no estaba muerto ni vivo. Para ella, como para Emily Dickinson, la esperanza es una cosa emplumada.

Cornel West ha apuntado que la esperanza difiere del optimismo propio de los americanos en Estados Unidos. Tras la primera semana de Donald Trump como presidente, confieso haberle dado la razón. Junto a su mano derecha, Stephen Bannon, Trump ha provocado lo que los historiadores de ese país llaman un “shock event”. Un acontecimiento inesperado y chocante ante el cual las gentes encuentran difícil reaccionar, y cuando lo hacen expresando su rechazo, “los autores de dicho acontecimiento los califican como enemigos. Mientras sectores de la sociedad reaccionan asqueados… los responsables de ese acontecimiento en un acto de prestidigitación esconden su objetivo real, que saben será impopular. Distraídos y agotados por los debates sobre el acontecimiento inicial, no podemos oponernos de manera concertada al objetivo real”, observa Heather Richardson.

La orden ejecutiva de esta semana tiene todas esas características. Busca dividir y confundirnos, culparnos en vez de organizarnos en contra de los responsables reales, como Bannon. Quizás sea cierto que EE.UU. ha seguido el destino reciente de Latinoamérica: al golpe en Brasil estaría siguiendo uno en curso en USA. Quizás la esperanza no fue nunca una cosa emplumada.

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