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El presidente Trump está logrando algo extraordinario: está despertando entre los estadounidenses una indignación y una nueva pasión por la política que no se veía en décadas.
La conciencia civil se está animando en este país. Hay una protesta popular espontánea y generalizada que, según algunos observadores, no se veía desde los tiempos de la guerra en Vietnam. Y esto está ocurriendo a menos de dos semanas de la toma de posesión de Trump como presidente.
Las imágenes de este fin de semana fueron impresionantes. Miles de personas se reunieron en los aeropuertos de las mayores ciudades de los Estados Unidos para protestar en contrade la orden ejecutiva que afecta a refugiados e inmigrantes de algunos países predominantemente musulmanes. El lunes, cuando salí de Columbia University, me encontré con un centenar de estudiantes y colegas protestando contra Trump. Con el pasar de los días la protesta se hace más viral.
Pero estas manifestaciones no son las únicas formas de protesta que se están dando. Se están difundiendo también formas de desobediencia civil. Los ciudadanos, por ejemplo, están boicoteando a Uber, después de que esta aplicación decidiera aumentar las tarifas por las carreras hacia el aeropuerto Kennedy de Nueva York, aprovechando que los taxis amarillos se habían unido a las manifestaciones de protesta. Miles y miles de usuarios cancelaron sus cuentas de Uber.
Actos de desobediencia civil se están registrando también entre los mismos funcionarios del gobierno de los Estados Unidos. Decenas de funcionarios del departamento de Estado, por ejemplo, firmaron un memorándum de disensión en el cual se declaran inconformes con la orden ejecutiva firmada por el presidente Trump. El uso de los “memorandos de disensión” en el Departamento de Estado data de la Guerra de Vietnam, cuando se consideraron necesarios para asegurar que los diplomáticos en el terreno tuvieran un medio para expresar opiniones que diferían de la política oficial de los Estados Unidos. “El resultado final de esta prohibición no será una caída en los ataques terroristas contra los Estados Unidos; será una caída en la buena voluntad internacional hacia los estadounidenses y una amenaza para nuestra economía”, señalaba el memorando.
En un impresionante anuncio el lunes pasado, la fiscal general Sally Yates, nombrada por el expresidente Obama, declaró el lunes que el Departamento de Justicia no defenderá la orden ejecutiva del presidente Trump. “No estoy convencida de que la defensa del decreto ejecutivo sea coherente con mis responsabilidades, ni estoy convencida de que el decreto ejecutivo sea legal,” dijo. Trump la destituyó el mismo lunes.
Mientras observo la propagación de la indignación y de la protesta, me acuerdo de las palabras de Bertolt Brecht en su obra Terror y Miserias del Tercer Reich. “Pero su Tercer Reich recuerda la Casa de Tar, el asirio, aquella poderosa fortaleza que, según la leyenda, no podía ser tomada por un ejército, pero cuando una sola palabra distinta fue pronunciada en su interior, cayó al polvo”. ¿Será este el destino de Trump?