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Donald Trump ha dejado de ser una mala broma

Con el retiro de Jeb Bush de la contienda, Ted Cruz y Marco Rubio deberán ralentizar el ascenso de la candidatura del multimillonario, que sigue ganando adeptos.

Donald Trump celebró con sus seguidores la victoria en Carolina del Sur. / EFE
Donald Trump celebró con sus seguidores la victoria en Carolina del Sur. / EFE

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Un año atrás, pese a que apenas comenzaba su campaña, Jeb Bush era casi el seguro candidato de los republicanos para la presidencia. Todos dijeron: es hijo de presidente, es hermano de presidente, tiene y ha tenido poder, y sus cuentas rebosan en recursos boyantes. Tiene patrocinadores millonarios, ¿qué podría pasarle? Y el entusiasmo de las encuestas iniciales les dio la razón: nadie más que Jeb Bush, que había consagrado su campaña enérgica bajo el símbolo “Jeb!”, podía ser el próximo conservador que condujera a Estados Unidos por el buen camino. Pero la entrada de Donald Trump en la campaña agrió los esbozos felices de la campaña Bush: mes a mes, los números a favor del exgobernador de Florida disminuyeron hasta el punto que, en las primarias de Carolina del Sur este sábado, sólo obtuvo el 8% de los votos. Y se desvaneció.

Todo aquello sucedió justo cuando se creía que un solo candidato reunía todas las características para ocupar el cargo: buen gobierno (su labor como gobernador le granjeó al final el 60% de la aprobación general), ascendencia política, cierta seriedad y una fijación especial por el pragmatismo y las ideas por encima de las pasiones. Pero, justo por todas esas razones, los analistas ahora se dan cuenta de que Bush era el candidato con menos posibilidades. Amy Davidson escribió en The New Yorker: “Su partida (de la candidatura) es un testamento de la futilidad de intentar que Trump no sea el nominado republicano o el presidente”. Como gobernador de La Florida, es cierto que Bush había ganado una reputación, pero su posterior tránsito hacia el sector privado produjo el olvido casi inmediato de su figura. El nombre de su familia, en vez de proveerlo de un impulso fulminante, segó sus cultivos: su renuncia a la candidatura republicana demuestra que los votantes estadounidenses resisten el apellido Bush.

Y sus ideas: sus ideas eran demasiado racionales para una campaña de extremos.

Leonor Ayala, periodista de la agencia EFE, anota en un perfil del excandidato que Bush era un caso extraordinario entre los republicanos: “Su moderación, pragmatismo y su experiencia en el ejercicio del poder no han contado para los electores e incluso alguno de sus rivales, como el hoy favorito Donald Trump, interpretó que todos esos atributos no eran más que muestras de la falta de energía de Bush”. Energía, en este caso, era sinónimo de arribismo y de cierta forma de la xenofobia y el rechazo. Con una esposa latina a su lado, y con la teórica ventaja de hablar un español fluido, Jeb Bush no podía darse el lujo de rechazar el caso migrante: su propuesta era regularizarlos de algún modo, en vez de erigir un muro rotundo que las mismas víctimas tengan que pagar, como quiere Trump. En esta ocasión, triunfó la sinrazón. Michael Barbaro y Ashley Parker, analistas de The New York Times, escriben: “El partido de Prescott Bush, George Bush y George W. Bush es por el momento el partido de Donald Trump”.

Bush formulaba argumentos como este: “Somos una nación de inmigrantes. Este no es el momento de abandonar algo que nos hace especial y único como país”. En cambio, luego de su victoria en las primeras de Carolina del Sur, Trump decía: “Vamos a construir el muro (en la frontera con México), y ¿quién va a pagarlo?”. Y sus seguidores coreaban: “¡México!”. Según el New York Times, el partido republicano se enfrenta ahora a un dilema algo complicado: “destruir a Trump o aceptarlo”. Aunque numerosos republicanos acusan cierta falta de compasión de su parte, sus constantes escándalos públicos, en realidad, lo han impulsado. Se ha convertido, como dice The New Yorker, en el candidato que gana “votos evangélicos”. El multimillonario ha quedado primero en dos de tres primarias y con cierta ventaja. “A pesar de todo ello —dice el New York Times—, Trump sigue ganando. En los últimos 12 días, ha capturado los corazones de moderados en New Hampshire y cristianos convertidos en Carolina del Sur. En ambos estados, ganó de manera decisiva entre mujeres y hombres, independientes, votantes sin grados universitarios y aquellos de 45 años o más”.

Para Ben Schreckinger, que analizó las votaciones para el portal Politico, la victoria de Trump en estas primarias no se replicará en los próximos conteos porque Rubio y Cruz presentan más favorabilidad en los estados restantes (la votación más importante será el 1° de marzo, donde votan 12 estados que suman casi un tercio de las delegaciones necesarias para ganar: 1.237). En los estados del sur, que han sido conservadores por tradición y definen 152 delegados, Cruz está por encima de su rival. El proceso de las primarias tomará todo este año y es posible que Trump tenga bajas serias en estados principales como Nueva York, California y Ohio, donde tiene menor popularidad. Y un recordatorio: en Iowa, un estado considerado como una muestra de la tendencia nacional, Cruz obtuvo 6 mil votos más que Trump.

Dentro de poco la campaña republicana se reduciría a tres candidatos (muy probablemente Trump, Cruz y Rubio), y entonces sólo ellos tendrán la oportunidad de aprovechar al electorado que deja Bush y consagrarse a una campaña moderada a pesar de que, en el caso Bush, la objetividad y la templanza parecen valores inútiles a la hora de hacer campaña. Por ahora, Cruz ha dicho que Trump quiere dar los mismos derechos de cualquier ciudadano a homosexuales y lesbianas y que, de ese modo, desmoronaría “nuestros valores judeocristianos”.

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