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En entrevista a El País, de España, el papa Francisco señala a la economía líquida, a la inexistencia de puntos fijos o de referencias estables o a la falta de diálogo y discusión ocasionados por las redes sociales, como algunos de los grandes problemas del mundo de hoy. Sin decirlo expresamente, el papa hace referencia a conceptos del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, fallecido hace dos semanas en Leeds, Inglaterra, a los 92 años de edad.
Como Churchill o Ronald Reagan en la política, Bauman floreció a escala mundial a una edad muy avanzada (un late bloomer), pasados ya los 70 años. Siempre interesado en explorar las razones del comportamiento humano, que planteó como originados, no en determinantes externos como la sociedad o en la discusión racional, sino en fuerzas o impulsos innatos o precientíficos de los individuos en su búsqueda de identidad, Bauman planteó su más famosa idea, la modernidad líquida, para definir a la sociedad de final del siglo XX y comienzos del XXI. Muy cercana al posmodernismo, la modernidad líquida se caracteriza por la falta de un telos orientador, porque lo único que parece constante en el mundo de hoy es la búsqueda de una identidad flexible y versátil, que permita a los individuos mutar constantemente en un mundo siempre cambiante. La modernidad líquida es inestable y frágil en todos los aspectos de la vida, en los negocios, en los contratos, en los convenios y también, por supuesto, en el compromiso más importante de nuestra existencia: el amor.
Mientras en El arte de amar, Erich Fromm define el verdadero amor como aquel consistente con la máxima que dice “te necesito porque te amo”, sin expresarlo en esos términos, Bauman argumenta que en la sociedad de hoy el amor pareciera estar definido por su inverso, por el “te amo porque te necesito”. Porque en un mundo superindividualista y de maximización del autointerés, y de nada más, las relaciones entre las personas se mercantilizan al extremo y, más que relaciones estables y de vínculos entre sujetos que se respetan y se tratan como iguales, lo que existen son conexiones que, como en internet, comienzan y terminan con el apretar de un botón. Internet ha generado la capacidad de multiplicar los encuentros interpersonales, ha aumentado la cantidad, pero a costa de la calidad, donde priman la fugacidad y la superficialidad, lo que ha traído también insatisfacción, desarraigo y mayor soledad.
Pero Bauman trató también muchos otros temas cruciales, como la dicotomía que se ha abierto en la política entre unos gobernantes que son elegidos a escala nacional y un poder que está crecientemente definido a escala mundial. Fue también uno de los primeros en argumentar que una de las consecuencias inintencionadas, pero lógicas, de la Ilustración fueron el holocausto y el totalitarismo, por supuesto evitables, porque creó la ilusión de que, mediante la racionalidad, la ciencia y el conocimiento, los dueños de la verdad, como el Führer, el Duce o el Partido Comunista, sin importar el costo a pagar, podrían resolver de una vez y para siempre los problemas de la sociedad y lograr la felicidad para todos.
Sin compartir muchas de sus ideas sobre la globalización o el poder, es menester reconocer que con la muerte de Zygmunt Bauman desaparece uno de los intelectuales que más nos ayudaron a entender nuestro tiempo.