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“Cultivo el arte de la insatisfacción”

Juan Manuel Roca habla de su último libro, en el que recupera los legados de personajes literarios e históricos.  Sherezada, Kafka, Ofelia y otros  anónimos como Nadie o la mujer que recoge el agua le entregan sus últimos deseos.

01 de enero de 2009 – 02:00 p. m.

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¿Qué escritor o poeta no quisiera tener el talento inagotable de Sherezada para recordar o crear historias día a día hasta entretener a la muerte y ganarse el siguiente hálito de vida a través de la palabra?

Homenaje o conjuro, Testamentos, de Juan Manuel Roca, invoca a Sherezada y a sus silencios porque en éstos encuentra las palabras de otros, la mirada de otro. Roca habla de estos poemas que son de él, pero nacen a partir de otros en uno de sus espacios naturales: la Casa de Poesía Silva. Aquí está a gusto con esos fantasmas —Ulises, Don Quijote, Gregorio Samsa— que ha hecho su familia y con quienes entabla diálogos menos fantasmales que los de sus vecinos de casa, como él mismo lo confiesa: “Entre todas las alienaciones que uno tiene podría decir que soy un alienado de la literatura”.

Se reconoce tanto en sus respuestas como en sus poemas que Roca, quien en la poesía ha encontrado el escenario para el juego de la palabra y en el ensayo el espacio para la reflexión, logra aquí la combinación entre un género y el otro. Son reflexiones poéticas: “Es una forma de despersonalizar el yo poético, en otras palabras, dejar de confesarme a mí mismo a través de la máscara de la poesía y entrar en reflexiones que estos personajes o sus textos suscitan”. Así, renuncia a sus insatisfacciones y preocupaciones individuales para convertirse en muchos escritores, pues quisiera como Pessoa —quien gracias a sus heterónimos escribía desde distintas perspectivas—, salirse de sí.

Roca, el poeta de Nadie, obsesivo por la estética, agnóstico y poco temeroso de la muerte, habla del baile de la vida a través de la última voluntad de Zorba, de la fe por boca de Job, del abuso del poder y la política con palabras de El flautista de Hamelin. “Estaba en un momento de relectura de muchos personajes y fui consciente de que toda lectura es testamentaria. En los escritos quedan los legados de los autores y de sus personajes. Entonces empecé a preguntarme qué le dejaría Pedro Páramo a su hijo, y ahí empezó todo”. Entre Bartleby, Édgar Degas, Goya y el Rey Lear también está el suyo, donde brevemente lega sus versos. No sorprende, Roca se rebela y expresa su insatisfacción —una actividad que él afirma haber cultivado con esmero— por medio del arte y ve la vida a través del lente de la poética. En ésta encuentra toda la teoría general de las artes, una especie de piedra rosetta para interpretar el mundo.

Testamentos, que comprende El silencio de Sherezada y los testamentos de personajes históricos y ficticios, se fue construyendo poco a poco. Entre un ensayo y un libro. Tardó tres años en tomar la forma que finalmente hoy detenta y, sin embargo, el notario de los ausentes, confiesa que le quedaron algunos entre el tintero: “De seguro Arturo Cova y El Coronel me quedaron haciendo falta”.

“Me burlaba de mis amigos RH Moreno y Germán Espinoza porque como novelistas se comportaban como empleados de sí mismos. La poesía no es así”. Cuenta Roca, hablando del oficio, que no es necesario pasar días y horas escribiendo y reescribiendo largos párrafos, no obstante, según explica, tampoco nace sólo a partir de golpes de genio. “Tal vez el talento permite escribir lo que uno puede y que sea bueno. Pero la experiencia y la disciplina al final permiten escribir lo que uno quiere.

Hoy, después de la novela Esa maldita costumbre de morir (2003), varios ensayos y la poesía que siempre lo acompaña ha descubierto un género que lo entretiene desde que su hija Andrea vive fuera de Colombia: el epistolar. “Andrea escribe cartas largas y yo he encontrado el placer de hacer lo que jamás me interesó”. Otra forma de escribir.

DEL AUTOR

Dejo
Un puñado
De versos
Monedas irreales
Que circulan mejor
En otro mundo

DE SHEREZADA

Harum Al Rashid,
Comendador de los creyentes,
Mi Señor:
Os dejo el cofre
De las historias no narradas
En él se guarda el cuento
De la mujer que salvó su cabeza
Con el hilo de plata
De la palabra.
Harum Al Rashid,
Comendador de los creyentes,
Mi Señor:
Imagina mejores historias
Una cabeza sin ser cortada.

DEL FLAUTISTA DE HAMELIN

Si necesitaran de mis oficios
Para desratizar sus naciones
¡Oh nobles ciudadanos!,
No cuenten más conmigo.

Les recomiendo
Demandar de sus señores
Que se vayan por sí mismo.

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