Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Luego de algunos meses de No y No (negativistas nos decía Hernando Santos, siempre amigo del gobierno) y después de haberse impuesto ese No, en resultado desconocido por el Nobel, la escogencia de mi general Óscar Naranjo para vicepresidente de la República cae como un bálsamo sobre tantas heridas.
No soy su amigo ni pienso serlo, a salvo de caer en el amiguismo bogotano. Lo vi de paso hace años cuando de buenas a primeras, como ocurre en los cocteles, a los que ya no asisto, me vi entre dos personas más bien jóvenes, el uno, quien es hoy el general Naranjo, entonces director de la Dijín, el cual me presentó con el director de la Dea en Colombia. Ambos extraños para mí, me sentí cual detenido entre policiales. No musité palabra.
Rompiendo el hielo de la conversación, el entonces capitán me dijo: quisimos darle protección y buscamos su casa entre otras rurales y no dimos con ella. Me alegré, aunque no había pedido protección, pues pude darme cuenta de que mi sencillo escape campestre era más bien recóndito y que, si bien la Policía se mostraba ineficaz, el gesto de amabilidad me conmovía.
Con todos los méritos de un servidor público, no inclinado a corriente política alguna, el general accede a una dignidad que lo reconoce como capaz de dirigir la Nación. Me gustó esta elección, sin meterme en los pormenores de su apoyo incondicional al proceso de paz, que aquí he criticado por su entrega, por sus engaños sucesivos a la opinión, por su ideología que tiene complacido a un sector nacional en demérito del otro y por trampas y sutilezas no del todo claras, que llevaron al país a acogerse al alero de la Cuba comunista.
Pero lo entiendo como un hombre manso y caballeroso, de formación selecta, lo que adornaba ahora tiempos a la milicia en sus más altos rangos y dignidades. Así debió ser Rafael Uribe y así fue, entre muchos de nuestro tiempo, para nombrar sólo a uno, el general Juan B. Córdoba, secretario empero de la dictadura de Rojas. Pero es así mismo admirable para mí que se trate de un oficial de la Policía Nacional, generalmente en demérito frente al Ejército, con el que emula en servicio a la Nación. El general Óscar Naranjo, vicepresidente de la República, qué bien, decisión que ya parece ser y lo es, emanada de un Nobel de Paz.
Germán Vargas Lleras se retira y va por el poder, con su fuerza que es la de Carlos Lleras, bien recordado en el ámbito nacional, también autoritario y coscorronero; Humberto de La Calle por el oficialismo y la izquierda del Sí y cuidado si con indebidas ventajas oficiales; y que Iván Duque remplace el desgaste —inmerecido, como se ha visto— de Óscar Iván Zuluaga. Son sólo unos nombres al azar, casi al azahar de los naranjales en flor (qué poético).