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“Nada puede ser conocido -dijo Gorgias, que vivió en Sicilia, a lo diagonal de Empédocles–. Si algo fuera conocido no podrá ser enseñado. Si algo fuera enseñado no será comprendido”.
Sin embargo, algunos nos empeñamos en dar clases, quizá con la esperanza de aprender, y muchos se empeñan en aprender, quizá con la esperanza de que un día falle la maldita serie del siciliano.
Con esta suma de esperanzas dirijo el taller de escritura de Comfandi en Cali hace seis años. Aunque los alumnos han ganado muchos premios dentro y fuera del país, creo que todo ha sido más por sus méritos, porque lo que ya latía en sus dedos cuando llegaron al taller, que por lo aprendido allí.
El caso es que luchamos contra molinos imaginarios y contra nuestras limitaciones reales, en cinco campos de batalla.
Hacemos crónicas porque nos interesa el factor humano de la noticia, y queremos contarla con los recursos que inventaron Gabo, Capote, Mailler, Talese y otros fulanos a mediados del XX, cuando decidieron apadrinar el único matrimonio feliz de la historia: el periodismo y la literatura. A ratos nos desaniman los Gorgias modernos, como G. K. Chesterton: “El periodismo consiste en avisar que lord Chamberlain ha muerto a gente que no sabía que Chamberlain estaba vivo”, pero hacemos de tripas corazón, cubrimos las sirenas con las orejas de Ulises y seguimos adelante.
Estudiamos el cuento porque tiene menos ripio que la novela y cero posibilidades de hacernos ricos y extraviarnos en los laberintos del oro. “La derrota es más noble que la ruidosa victoria”, como dijo un argentino que sufrió victorias y gozó derrotas. Además el cuento huele a mil y una noches y es portátil, “tallereable”, porque su poética cabe en dos líneas: el protagonista del cuento es el argumento, el centro del argumento el conflicto y el conflicto el alma de la tensión. Lo demás es filatelia.
Leemos críticos literarios porque no escribimos para nosotros mismos. Escribimos para el otro. No creo en los autores que desprecian al lector (esa entidad crucial que descubrió Poe). Y no queremos privarnos de Valéry, Reyes, Wilde, Bloom, Steiner, Poe, Borges, Blöcker, Aristóteles… Si la escritura es el arte de sentir con palabras, la crítica es el arte de tachar las que sobran y un taller no puede ignorarla… sin llegar a extremos como los de Rulfo, claro, que un día se excitó hasta el punto de tachar toda “La cordillera”, la novela que el mundo esperaba ansioso.
Hacemos ensayos de divulgación porque queremos traducir la información especializada que sale de los laboratorios a una lengua más amable y tranquila, aligerarla de ecuaciones y vocabulario técnico, cerrar la brecha que separa al hombre de ciencia del hombre de la calle, porque somos, antes que escritores, ciudadanos. Puesta en buena prosa, la gente puede entender la línea gruesa de las investigaciones científicas, sus implicaciones éticas, pensar bien, filosofar (que no es un ejercicio privativo de los filósofos) y tomar mejores decisiones en los negocios, en la vida privada o familiar y en las elecciones políticas.
Y estudiamos poesía porque es la responsable de que todo lo anterior tenga fuerza y memoria. Los refranes, demos por caso, son inolvidables porque son sintéticos, musicales, polisémicos y misteriosos, como la poesía. Contienen la mayor cantidad de información en el menor número de palabras. Es falso que la literatura se divide en verso y prosa; se divide en poesía y poesía. La literatura es poética o no es; por eso oscila, como reveló Valéry, entre el sonido y el sentido.
Sobre estos géneros volveremos este año con la ingenua, e invencible ilusión, de exorcizar la maldición de Gorgias.
j-clondono@hotmail.com