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Tampoco las novenas, ni bailables ni cantables, ni esa consistencia medio harinosa de las natillas (bueno, los buñuelos no estaban nada mal). Nada que ver con el dulcejesusmío gritado a ocho voces por los más chiquitos de la familia, ni el gentío en su casa, ni esa licencia que se daban ciertos adultos para cogerle a uno el cachete porque era navidad, ni que jamás se supiera de donde venía tanto desconocido que solo por ser veinticuatro de diciembre resultaba de una cercanía apabullante, y luego había que besar o darle las gracias por el juego repetido de Armotodo, jamás de Lego, o ese tonto calendario navideño con ventanitas llenas de chocolates.
No era ese primo engreído al que le traían una docena de regalos y que se robaba todos los bastones de dulce del arbolito sin que nadie se percatara o, peor, sin que nadie se diera por aludido, porque “pobrecito, es cleptómano”, que es (lo aprendió más tarde) lo mismo que ser un ladrón, solo que rico y con siquiatra. Tampoco era el drama familiar que generaba la tía Carlota a la hora de decidir dónde pasar la Nochebuena, ni su exasperante manera de corregir todo lo que uno hacía para ayudar. Si alguien ponía una servilleta roja y luego una verde, ella deshacía todo y las organizaba de otra forma y, cuando era hora de llevar los platos a la cocina, la tía corregía hasta la manera en que uno ponía el plato en el lavaplatos, como si existiera siempre una manera mejor de hacer las cosas que todo el mundo desconocía, excepto ella.
Nada de eso. Mucho menos la cara de puño del novio judío de Paula, que iba siempre al festejo cristiano por la amenaza terrible de “si no vas me largo de tu vida”, y que se sentaba en un sofá con los brazos cruzados, mirando fijamente al horizonte, sin participar en ninguna de las cuarenta conversaciones que se daban al mismo tiempo en una sala de seis metros por seis metros en la cual se hacinaba toda la familia, junto con el árbol, los regalos de los niños, y la increíble variedad de adornos que el decorador de Navidad de la tía Ana Margarita había dispuesto por todas partes. Sólo a alguien muy lobo o muy costeño se le ocurre contratar a un decorador para Navidad, pero tampoco era eso. Ni siquiera le afectaba esa suerte de bulimia de fin de año que contagiaba a todo ser humano y por la cual todos se empeñaban en embutirse de pernil, galletas, natilla, y esa ensalada horrorosa hecha con papa, piña y uvas pasas que llevaba Natalia y que duraba dos meses más en la nevera, hasta que alguien notaba que estaba más fermentada que una chicha y al fin la botaba.
Solo una cosa le mortificaba de la Navidad, y era algo insoportable y terrible. Por eso esta Navidad, cuando oyó que le preguntaban a Miguel si ya le había dado una vuelta al perro, se metió bien al fondo, debajo de la cama, para que no lo encontraran. Jadeaba al tiempo que le rogaba a Dios, al niño Dios, a los pastores de Belén, a un reno de Papá Noel, o a quienquiera que pudiera ayudarlo, que Miguel no lo encontrara para evitar enfrentar ese miedo absoluto de salir a la calle. A lo lejos oyó la voz de Miguel que le contestaba a su mamá: “Mijo se metió debajo de tu cama. Está muerto de miedo por los voladores.”. Entonces oyó salir, de una voz desconocida y por primera vez, el nombre de ese cuerpo nervioso que jamás olvidaría: “Qué pena contigo yo ponerme a traer a la perrita pero no había con quién dejarla. De verdad qué vergüenza, pero creo que Kila se escondió arriba también, porque le tiene pánico a la pólvora”. Al sentir ese cuerpo flacuchento y de pelo muy largo que temblaba pegado al suyo, de pelo corto y manchado, Mijo supo que los miedos a veces unen más que cualquier Nochebuena.
Margarita Posada, periodista y escritora
Escondida durante años tras el seudónimo de Conchita en la célebre columna de sexo de la revista Soho, la bogotana Margarita Posada es periodista de profesión y escritora de vocación.
Egresada de Comunicación Social de la Universidad de la Sabana, ha sido editora internacional de Soho, redactora de Punto G y de El Tiempo, así como asesora de la secretaría privada de la Presidencia de la República. En 2005 publicó su primera novela, De esta agua no beberé, que fue lanzada durante la Feria de Guadalajara en 2005. El año pasado, durante el encuentro Bogotá 39, Margarita participó. Mediante votaciones del público y una selección final de un jurado internacional formó parte del grupo de los mejores 40 escritores latinoamericanos menores de 40 años.
Ahora presenta su más reciente obra, Sin título (1977), una novela íntima y personal que habla de la figura paterna y las relaciones con sus hijos. Este es su regalo de Navidad para los lectores de El Espectador.