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Un cuento sobre Feliza Bursztyn

El escritor Ramón Cote Baraibar, con su cuento ‘Feliza y el elefante’, hace un homenaje con sus recuerdos a la artista plástica que revolucionó el mundo de la escultura colombiana.

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“Solamente cuando sientas en tu barriga revolotear unas mariposas como las de tu cuarto, acércate a la puerta de cualquier casa, golpea tres veces y cuando te abran debes decir lo siguiente: “Me llamo Julián, vivo donde Feliza y tengo hambre”. El pequeño de esta historia infantil, en realidad es el escritor y poeta cucuteño Ramón Cote Baraibar y la Feliza con la que él vive, y que al parecer no lo surte con el alimento necesario, es en realidad la afamada artista paisa de los años 70 Feliza Bursztyn, legendaria por sus esculturas hechas de chatarra, tornillos y latas.

Pocas veces existe la oportunidad de adentrarse en la vida de un personaje prominente de la cultura sin las mediaciones de una entrevista oficial o las narraciones de biógrafo. Pocas veces pueden leerse los relatos de un testigo desprevenido de las realidades más cotidianas de los artistas, de su comportamiento en una tarde de trabajo, de esa vida que comienza con cabellos desajustados y una pijama y se enreda con las opciones para el desayuno.

Esa es, quizás, la gran razón por la que el libro infantil Feliza y el elefante, editado por Panamericana, resulta tan entrañable, porque de alguna manera a través de sus letras y sus páginas ilustradas por Patricia Acosta se puede espiar con los ojos de un niño el universo extraño, destartalado y fantástico de la artista plástica que revolucionó la escultura nacional apuntándole con sus chatarras a que  la belleza también habita en el desequilibrio.

“Cada vez que llegaban las vacaciones mi mamá me hacía la maleta y me enviaba donde esta extraña amiga que vivía en Medellín”, cuenta Ramón Cote, el autor y a la vez protagonista de esta historia, quien toda la vida estuvo muy marcado por esos recuerdos de infancia que se construyeron de la mano de Feliza y de su alucinante taller. “Siempre quise hacer algo con esas remembranzas y un día, cuando intentaba contarles esta historias a mis hijas, me di cuenta de que la mejor forma para narrar la infancia es regresar a ella”, comenta el escritor, que optó por devolverse a sus diez años y con un lenguaje simple, mas no básico, contar las aventuras que tenía cuando se embolataba entre los armatostes que Feliza guardaba en su casa-taller.

De la artista, que murió el 8 de enero de 1982, se sabía que era considerada como una rebelde sin causa, que había inaugurado una corriente escultórica contraria a la que hizo grandes a Édgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar y hasta se conocieron, en todos los periódicos, unas supuestas acusaciones, que luego fueron desmentidas, de plagio de la obra que la artista Irene Krugman presentó en la Galería Spectrum de Nueva York. Se sabía también que su obra fue poco comprendida por los de su época, que dejó para siempre uno de sus bellos monstruos de metal en la carrera séptima con calle cien de Bogotá y que Marta Traba fue su mayor admiradora. Pero poco se sabía de su amor por el olor a vainilla, de su colección invaluable de mariposas disecadas y de su carro estrafalario color anaranjado que la dejaba botada en medio de las calles de la ciudad.

“Como Feliza sabía de las particulares costumbres de su carro, si se le puede llamar así a unas abombadas latas anaranjadas con ruedas, ya en la calle del barrio de Las Colinas… me pidió que lo empujara con todas mis fuerzas”, escribe Cote en su primer libro para niños. “El recuerdo de estar pegado al carro recibiendo todos los gases tóxicos cuando de repente encendió es muy divertido, al igual que los gigantes tazones que Feliza llenaba con leche, Corn Flakes y azúcar cada día al desayuno, el almuerzo y la cena”, cuenta con nostalgia y gracia el escritor, que prepara ya un nuevo cuento para un público algo mayor (entre 11 y 13 años), llamado La Mantecuda.

Pero sin duda, el mejor recuerdo que atesora Cote de sus aventuras por la casa de Feliza —que pasaba más tiempo con su máscara de hierro y su pistola de fuego que jugando con él—, es el elefante que ella un día le hizo y le regaló.

“—Julián, anoche te hice un elefante —me dijo con una sonrisa enorme, iluminada, y como estaba sin su yelmo y sin su dragón al lado, me pareció que Feliza no solamente era flaca como una mantis religiosa, sino que además estaba absolutamente loca”, cuenta el pequeño personaje del libro, quien después de ver una conjunción de varillas dispuestas sobre un par de ruedas, pensó que era un mamarracho con ruedas. “Pero luego, a medida que lo observaba con mayor detenimiento, pensé que si Wartburg era un carro, por qué esa insólita armazón no podía ser un elefante”.

Muchos años han pasado ya desde aquellos tiempos en los que Ramón jugó montado en un elefante de orejas invisibles; sin embargo, las lecciones de imaginación e independencia que le enseñó Feliza, se mantienen como si las hubiera aprendido ayer, por eso ha querido compartir esos tiempos con cientos de niños que con la ayuda de estas más de 60 páginas podrán adentrarse en la vida de una mujer deslumbrante, arriesgada, pero sobre todo divertida.

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