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Entre el año pasado y lo que va de este ha muerto más de un genio.
Por citar alguno, a Leonard Cohen lo escuché con tal devoción en mi juventud que sus canciones llenaban de sentido el caótico desespero posadolescente. A Piglia vine a descubrirlo hace un par de años y apenas si lo he leído. Me resultó especialmente revelador leer Crítica y ficción. Pensé entonces que también en el ensayo puede haber tanto de gozo, de revelación estética, como en la narrativa o la poesía. Cuenta Juan Forn en Página 12 que Ricardo Piglia sabía ponernos el libro al derecho cuando lo estábamos leyendo al revés. Añade Forn: “Decía las cosas de una manera tal que uno no podía seguir viéndolas como las veía hasta entonces”. Acaso eso sea exactamente lo que hacen los genios, nos enderezan el libro y nos enseñan a donde mirar.
De las muertes que sorprendieron el año pasado y las que lo han hecho en lo poco que va de este, autores como Harper Lee o Umberto Eco, compositores como Leonard Cohen o David Bowie, aunque no tengan nada en común entre sí, constituyeron un mundo propio, familiar o extraño, tenebrosamente nítido y real aun en sus tinieblas, capaz de hacernos ver las cosas de otra manera, como Piglia, de una vez y para siempre.
Ocurre esta sucesión de pérdidas humanas en un período en el que el planeta parece abismarse en un final trágico entre el terrorismo, las desigualdades, los odios crecientes, la crisis de las democracias, la incertidumbre, el cambio climático, el predominio de la fuerza en lo político, económico y social, en medio de la llamada “inmovilidad frenética” con la que el joven prodigio Luciano Concheiro define en su libro Contra el tiempo a esta histérica aceleración de los procesos, oficios y acciones humanas volcados en ir más rápido con el único objetivo de ir más rápido, como la rueda de un hámster que gira a gran velocidad pero no se desplaza.
El tiempo que saturamos cada vez más entre noticias desechables, políticos con obras y discursos diseñados a la medida de los votantes e indignaciones express, con la lógica de clientes con exigencias cada vez más cortoplacistas que incluyen a los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, las dinámicas sociales y las relaciones personales nos convierten, como diría el recientemente fallecido Zygmunt Bauman, en productos que se exhiben en la vitrina las redes sociales donde muestran sus destrezas, su belleza y su originalidad como quien grita “cómprame” en el escaparate de un supermercado.
En medio de esta hiperaceleración del tiempo y de este exhibicionismo, la memoria se ve erosionada. La apuesta por lo inmediato no nos deja recordación más allá del corto plazo. Las afinidades políticas, sociales y personales pasan a ser fugaces. Y es en medio de este mundo efímero, inasible, en donde la monumentalidad de un compositor como Leonard Cohen o de un escritor como Ricardo Piglia adquiere otra dimensión: el tiempo se detiene, recupera su ritmo natural, es posible escuchar, leer, asombrarse y, lo que es más impresionante, recordar. Aunque hayan pasado más de 20 años, aunque alrededor todo se vea distinto, el recuerdo sigue ahí y permanece.