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Religiosamente llevaba el cheque al banco a pesar del sol abrazador de Miami y de la humedad sin respeto por nadie.
Lo hacía personalmente, convencida que así no habría malos entendidos. El valor era importante. Quien le vendió la póliza era un tipo con buena presencia y maneras. De esos vendedores natos. La exposición que hizo sobre la empresa fue perfecta. Una sociedad gringa muy grande, sólida, que trataba a su clientela como si fueran socios de la misma. Además dado el poder económico, tendrían gran influencia para que sus clientes recibieran la atención que la póliza describía. Este gasto mensual le permitía sentirse en paz, acabar con la incertidumbre en el caso de que tuviera momentos difíciles de afrontar en caso de un problema físico o una enfermedad.
Un día llegó ese momento crucial. Era necesario utilizar el seguro pues se le rompió el fémur en varios pedazos, lo que sucede con frecuencia en personas de edad avanzada y con osteoporosis.
El caso es que nuestra víctima confió en los beneficios de la póliza que le había costado un ojo de la cara y que ella había pagado religiosamente durante muchos años. La llevaron en ambulancia al mejor hospital, al que tenía derecho, que quedaba cerca de donde vivía. Le hicieron una operación por la que seguramente el cirujano de turno debió cobrar un montón de dinero sin que le temblara la mano, o mejor dicho el bisturí, a sabiendas de que la paciente, dada su edad, necesitaría muchos cuidados. Salida la persona de este trance, repito una mujer de edad avanzada, la instalaron en un magnífico cuarto con todas las facilidades del caso. La cosa iba según la póliza, ¡qué bien!
El cirujano en cuestión sabía que el proceso de recuperación sería duro, difícil y doloroso. Pero dejó de ser parte de su problema. Le asignaron una fisioterapeuta que insistió en que la paciente no ponía de su parte, pues se quejaba de mucho dolor -y si a los 86 años nadie se queja es porque está en el otro mundo- y le advirtieron “que si no cooperaba” la tendrían que sacar del cuarto para ponerla en una especie de policlínica que quedaba en un edificio aparte, aunque dentro del predio del hospital. Por mucho que sus familiares alegaron, lo único que lograron fue una promesa de transacción: que quizás cuando estuviera un poco más recuperada la volverían a tratar en el cuarto prometido. Mentiras.
Mientras tanto la policlínica era como un campamento en mitad de una selva atendido por gente también de la selva, donde la improvisación, era el lema del servicio que ofrecían. Para hacer corto el cuento, había que rogar para que se presentaran con una aspirina, palabra que desconocían algunos miembros del staff, cuyo dominio del inglés era algo especial, o sea que tenían su propia versión de la lengua de Shakespeare.
Como toda buena empresa de seguros, más tratándose de un hospital tan importante, tenía un representante de planta en el mismísimo sanatorio para atender las eventuales situaciones “complicadas” de sus clientes. Los familiares de la paciente hablaron, argumentaron, seguramente al final incluso rogaron que la enferma fuera devuelta al cuarto “bueno” para recibir una atención profesional, pues no se le estaban dando los cuidados que necesitaba. Quedarse en el campamento selvático no era opción. A pesar de todos los argumentos, quedó claro que la aseguradora no movería un dedo a favor de su clienta, quien tuvo que volver a su casa, así tuviera impedimentos físicos que la inhabilitaban para moverse en forma mínima.
Sobre la empresa de seguros no se supo más, según me contaron creo que hasta la ayuda que fue necesario tener en la casa tuvo que pagarla la paciente. Y “todos contentos”. El seguro le sacó la plata al cliente y hasta allí llegó la historia.
Lo anterior no es un cuento raro. Todos sabemos que en los Estados Unidos el poderoso gremio de los seguros manda, con el apoyo de alguno de los partidos. También Latinoamérica tiene grandes esquilmadores. Hace tiempo oí de alguien cercano que la aseguradora no le vendía más la póliza por que la persona entraba en la edad de riesgo de infarto. Y obviamente están todas aquellas exclusiones que permiten a la aseguradora cubrir sus riesgos y proteger su utilidad.
Todos los que vivimos en Holanda estamos obligados por ley a tener, por lo menos, un seguro básico de gastos médicos. Pero no hay exclusiones por condiciones pre-existentes o edad, ni costos adicionales por ello. Por supuesto hay un deducible, pero es igual para todos. La póliza básica incluye consultas con el médico de familia, dentista y especialistas, medicamentos, ambulancias, hospitalización, distintas terapias e incluso trasplantes de órganos, entre otros. No puedo decir que sea una panacea, pero sí que este sistema funciona y cumple con todo lo que ofrece.
El Monte Saint-Michel, en la Normandía, Francia, ofrece a quienes lo visitamos un espectáculo de historia que comienza antes del siglo IV a.C. y de maravilla de la naturaleza. Sus playas retroceden 14 km en marea baja. Otro aspecto curioso es un restaurante dentro del Monte llamado “Mamá Gallina” muy antiguo y famoso. La leyenda cuenta que allí se inventaron las omelettes.
Que tenga un domingo amable.