Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Lo primero era una casa, pero lo más difícil de conseguir era una casa. De predios embargados a haciendas abandonadas, de La Macarena a Palermo, de la mansión expropiada de Gacha en la calle 86 a un pulguero en la Candelaria, la Compañía Varasanta, creada en 1993 por el artista Fernando Montes, se convirtió en un errante en busca de un lugar en dónde estarse.
Se hicieron reconstrucciones de paredes, cambiaron trusas y zapatillas de baile, por picas y palas, baldes y estuco para remodelar los espacios que conseguían. Dejaron de ser personajes para ser rehenes cuando unos hombres los secuestraron en pleno ensayo en la casa expropiada del narcotraficante Gacha, para buscar la “suculenta guaca” que se escondía entre esos pisos que ellos inocentemente habían convertido en tablas de teatro.
Y así durante 15 años esta compañía se hizo itinerante y fue dándole fuerza a la idea de que el teatro podía habitar en una casa convencional. “¿Hay algo más improductivo que destinar una casa para el arte?”, se cuestionaba Montes. “El director polaco Tadeus Cantor solía decir que el teatro es una ruidosa institución de inutilidad pública”, confiesa el director, quien a pesar de tener esta certeza se hizo, en 2007, junto a su grupo de más de 10 artistas a una casa de 800 metros cuadrados que compraron en Teusaquillo. “Celebramos ser improductivos, estamos felices de encontrar un lugar que aunque sobrevive no genera ganancias y que se convierte en el refugio del arte”.
Así, en una mansión de tres pisos, que cuenta con tres teatros de diferentes tamaños que se amoldan a los diferentes requerimientos de los grupos que los alquilan, reside el grupo Varasanta.
“Siempre estuvimos convencidos de que una de las particularidades del teatro frente al cine, era su posibilidad del contacto, de la cercanía y la afección real entre actores y público”, asegura Montes, quien en esta temporada de estrenos en “su casa” ha ratificado que hay ciertas obras, ciertas apuestas temáticas que requieren espacios pequeños, más horizontales que los teatros convencionales, menos pretenciosos y más íntimos como los que tiene Varasanta.
Una coqueta salita de té recibe a los espontáneos visitantes, a lo lejos se divisa una cocina para tomar café y aguas aromáticas y luego una escalera rústica abre el paso a unos espacios en donde una obra de teatro, un grupo de jazz, obras de arte, performances e instalaciones conviven.