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La grandeza de Obregón no puede medirse por el tamaño de sus obras. El concepto desborda la palabra y alcanza todo lo que él creó, desde una diminuta barracuda hasta su más sonada extravagancia.
No obstante, hay un título que por estos días entusiasma a los barranquilleros: La grandeza de Obregón en pequeño formato, una colección curada por Diego, su hijo mayor, y exhibida por el Museo de Arte Moderno local.
Miremos que todo ha sido grande en Obregón, desde su apellido. En 1954 conoció en París a Pablo Picasso. “Yo soy Obregón”, le dijo. Y Picasso le soltó aquella frase memorable: “¡Coño, qué buen nombre para un pintor!”. Grandes eran sus manos y enorme el prestigio que con ellas cosechó.
Con esas manos pintó su obra, pero también la borró, tumbó al suelo boxeadores y marineros de puerto; lanzó cervezas a las cervezas que puso en la cabeza de sus amigos, preparó paellas, hizo emparedados de grillo y le pegó un tiro en el ojo a su propio retrato.
El retrato oral de sus cómplices lo prefiere de ojos fulgurantes y descalzo, con sus bermudas caqui, sus camisetas manchadas de vinilo o sus camisas por fuera, mientras el sol le daba color a la naturaleza triste de su piel. “Llegó muy pálido de Europa”, recuerda en Barranquilla José Miguel Racedo, el empresario de colchones, que lo llamaba El Mono Camión, porque era rubio y venía de manejar camiones en el Catatumbo.
Obregón pintó en Boston, en Bogotá, en París, en Cartagena y en Barcelona, pero fue en Barranquilla donde maduró y consolidó su obra. De esa época, la muestra del MAMB es generosa. Ahí están Ganado ahogándose en el Magdalena, Estudio para violencia, Toro cóndor, Copón fresco, Genocidio, Naturaleza muerta, Homenaje a Klee y Huesos de mis bestias.
Esos años que pasó Obregón en Barranquilla fueron los más prolíficos y agradecidos de su carrera. Ganó dos salones nacionales y varios premios en Nueva York, Houston y São Paulo mientras él se movía con dinamismo entre Bogotá, París y la capital del Atlántico. Su obra era adquirida por importantes museos del mundo. La crítica alababa la soltura de su brazo y la absoluta libertad de su gesto al pintar por instinto.
En Barranquilla pintó el fresco Simbología para el Banco Popular, realizó en mosaico el triple mural Tierra, agua y aire en el Edificio Misrachi; el mural El Mar para el National City Bank y pintó, entre sus innumerables cuadros, su Homenaje a Figurita, el también pintor Orlando Figurita Rivera, uno de sus compinches.
En medio de las trifulcas retóricas de Cepeda Samudio, Luis Vicens, García Márquez, Alfonso Fuenmayor y demás discutidores que hablaban con irreverencia hasta de la nada, Obregón soltó una que otra prenda verbal sobre su oficio. “La pintura es el arte del silencio —repite Obregón en las paredes del museo—. No necesita que la literatura la explique”.
No lo dirá él, entonces, sino Álvaro Medina, al referirse con precisión al “programa nunca escrito” del Grupo de Barranquilla: “Ese programa consistió en la búsqueda y el encuentro de una identidad basada en la profunda comprensión de nuestra realidad cotidiana, nuestra cultura popular y nuestra historia. La indagación de lo que somos, iniciada por José Félix Fuenmayor en su narrativa, condujo a la profundidad social de Álvaro Cepeda Samudio en La casa grande y a ese saber transformar las leyendas campesinas de la Costa en narración universal que vemos en Gabriel García Márquez. El equivalente plástico de estos empeños lo hallamos precisamente en Alejandro Obregón. Todo un ámbito cultural fue absorbido y cualificado por los cuatro con vigor”.
El crítico de arte José Gómez Sicre, cubano de poco trago y vasta comida, venía con frecuencia a Barranquilla, disfrutaba los sancochos de Álvaro y sus compinches en La Cueva, les ayudaba a organizar bienales y les recomendaba proteger a Alejandro. “Cuiden a ese chico —les decía— no se lo vayan a tirar que es un valor”.
Gómez Sicre consideraba a Obregón padre del arte moderno colombiano. “(Obregón) salvó a la pintura de su país de una crisis aniquiladora y dotó a Latinoamérica de un nuevo modo de ver”.
En palabras del mismo Obregón: “En arte lo bueno no basta, ni siquiera sirve lo excelente. Hay que llegar a lo improbable”.
Como dijera el poeta Álvaro Mutis, amigo de sus entrañas: “Él sueña con pintar un día la vida, no la diaria y necia rutina de los hombres, sino la vida, la de verdad, la que sólo encuentra respuesta en la mudez rotunda de la muerte. Ese propósito no se le cumplirá nunca, pero jamás alguien como él aceptaría una derrota semejante. Allí dejará Obregón la piel, pero no va a cejar”.
Lo dijo, más de medio siglo atrás, a su manera, el crítico mexicano Gilberto Owen, al presentar en Bogotá la primera exposición individual del barcelonés barranquillero: “Al poner ante nosotros estos cuadros, Alejandro Obregón adquiere (…) un compromiso; (…) tratará de cumplirlo, esforzada y humildemente; pero si no lo hace, sabremos que su mundo artístico era demasiado grande para caber en sus cuadros. Lo que no le restaría mérito alguno”.
En Bogotá, el joven Obregón dirige la escuela de Bellas Artes cuando el 9 de abril de 1948 es testigo ocular del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y de la revuelta popular desencadenada. Ha visto caer herida a una mujer encinta, con una bala en el vientre. Sometida a una cesárea para intentar salvar la criatura, la mujer fallece en la sala de operación. El niño también ha muerto, con el proyectil incrustado en su cabeza.
Obregón renuncia a su cargo y se viene a pintar a Barranquilla, a pintar esa violencia que ha visto y esa otra que lleva adentro,
las que irán saliendo poco a poco, plasmadas en Velorio, sobre el estudiante muerto y en su serie Masacre y en Joselito Carnaval, su Saludo a Camilo Torres y su Homenaje al Che, para no quedarnos en Las Violadas y su crudo estremecimiento.
“Nadie negará —dirá él, después— que nuestro siglo es el más caótico y desequilibrado. Ni que el arte ha seguido subconscientemente cada época”.
Marta Traba, la más respetada crítica de arte latinoamericana, se entusiasma con su obra fustigante. Obregón era, en su criterio, el único pintor universal de Colombia, el que buscaba un espacio ontológico, solamente ocupado por la tragedia. Los comentarios críticos de Marta Traba sobre la pintura de Obregón colocan su obra en el más alto pedestal de la consagración. En Colombia, el resto del mundo artístico se incomoda y protesta. Se dice con sarcasmo que Obregón es Dios y Marta Traba su profeta. Años después, ella sabrá comentar de manera terminante esa frase:
“Si se le resta su dimensión extravagante, ignoro en verdad si lo he sido o no, pero sé bien —y lo afirmo con toda conciencia— que bien quisiera serlo”.
En Barranquilla, Marta era una de las pocas mujeres con entrada segura a La Cueva y asiento en la mesa exclusiva de los intelectuales, como llamaban los cazadores al combo de Obregón y de Álvaro Cepeda Samudio. Se decía que el privilegio era un tributo a su encanto y personalidad, pero también consideración a lo expresado. La escultora Feliza Bursztyn, otra de las mujeres aceptadas, apenas se había limitado a decir y esperar de su amigo Alejandro: “No nos importa que pinte. Nos basta con que exista”.
“No quiero hablar de mi obra —insistía él, lacónico—. Ahí está. Ella habla por mí”. Una vez contestó a dúo con Cepeda: “Dibujar es escribir, pintar es decir”. Por excepción o apetito, soltaba de vez en cuando una receta: “Se comienza con la realidad, se le añade un poco de lo otro y tres gotas de enigma para producir una magia pictórica”.
En su casa, un periodista le pregunta qué le pasa a su perrita de aguas, allí jadeante, sin un instante de sosiego, y Obregón le responde que está nerviosa “porque ya sabe que la voy a pintar”. A su perro Febo, que padecía parálisis completa en su cadera, el pintor le pegó un tiro en la cabeza para acortar su sufrimiento.
Obregón, director de las escuelas de Bellas Artes en Bogotá y en Barranquilla, lo que deseaba de verdad era abolirlas. “Quise acabar con esos tinglados. El arte de pintar no debe tener profesores, porque entre el profesor y el alumno hay una lucha y de pronto el profesor y el alumno se van a una especie de alcantarilla”.
Se lo dice a los suyos: Barranquilla se le antoja horrible, pero Barranquilla es la libertad, para saltar manglares y matar caimanes con los amigos, para pintar no temas sino emociones. La libertad para él es un gesto, un aleteo, ¡y pintar! Se lo recuerda, décadas después al poeta Gustavo Tatis, “ponerle una trampa a un ángel que pasa en pleno vuelo”. Quizá no hablaba mucho porque los Géminis viven dialogando en su interior. Había sido primero Dédalo e Ícaro en sus pinturas y luego arribó a él mismo, en un antepasado loco y combativo: Blas de Lezo.
El universo del arte es la locura. Nada tiene que ver la belleza con el sentido común. De eso habló bastante: “Mira que asociar la belleza con el más insípido de los sentidos. ¿Será posible que La Divina Comedia haya sido inspirada por el common sense? ¿Será posible que haya gente que crea que las sinfonías de Beethoven fueron concebidas y formadas en los sueños
tranquilos de un tendero acomodado? Debussy y su catedral sumergida echarían burbujas llenas de carcajadas, si pudieran oír estas blasfemias”.
En el autorretrato, el loco que fue Bolívar, es Obregón y será Blas el Teso, que ya ha resuelto el laberinto. Aquí es más verdadero e improbable Obregón. Y más exigente con su espectador. Lo descubrió alguien bien temprano: “Un arte que lleve la sensibilidad y el cerebro a los extremos, un arte de síntesis o de abstracción, no será nunca popular”. Lo expresó Ramón Vinyes, el teatrero catalán, sobre Obregón, su compatriota, a fines de los 40. “Alejandro Obregón es un auténtico pintor, y un pintor de nuestro tiempo. La pintura moderna culmina en el pintor que crea. Picasso es un creador. El que no sabe huir de la simplista visión de las cosas o de su propia visión, y entrar en la visión o cerebración de los otros, no la comprende”.
La locura como originalidad
Ah, viejo sabio. Lo escribe en su tinta violeta y su estilo telegráfico para el castellano, pero su verdad fluye aquí, como fluye seguramente el resto de su prosa en catalán: “Obregón se sitúa en la pintura de los creadores. Ve su loco, su héroe, su escena popular, su paisaje. Y lo ve pictóricamente, no literariamente. Lo ve por el color y la plástica, lo que quiere decir que es un pintor completo. Recordamos de Obregón el cuadro Bolívar”.
Ahí está el Bolívar, en la exposición del MAMB, para contemplarlo y reflexionar con Vinyes, que sigue hablando sabiamente en castellano: “Cuán lejos el Bolívar del pintor, de los Bolívar de litografía y pose académica, un Bolívar sombrío con una recia cabeza en la que cabe un mundo con gesto de poder soberano y de desolación contenida”.
Y parecerá premonitorio al final: “En el taller del artista, hay todavía inconcluso el cuadro de un Loco. Es un loco de la locura cuajada en blanco; muda estupefacción delante de lo que no se comprende ni nos comprende”.
No es un loco. Es el loco. Es Bolívar, insisto, es Obregón, será en casi cuarenta años Blas, el teso. Será todos ellos y él mismo.
En el cuadro de acrílico sobre madera que expone el MAMB es apenas Blas de Lezo. La serie apenas empieza.
El 31 de diciembre de 1979, ante la disputa que dos mujeres de su hogar arman en una fiesta por el cuadro del tuerto Blas, Obregón saca un revólver Smith & Wesson calibre 38 y le mete tres tiros al cuadro, preciso, a través del único ojo de un
guerrero que ha perdido el otro en Tolón, antes de ser Gobernador de Cartagena hasta su muerte. “Sentí que el cuadro se estaba volviendo más importante que yo”, comentó después. “De modo que resolví matarlo”. Por lo menos, lo dejó ciego.
Lo hizo él, que aconsejaba pintar el lado invisible de las cosas, que lloraba en silencio porque el ojo era el único órgano del cuerpo que no hacía ruido; él, que tuvo ojos azules, grandes y demenciales, como los quisieron tener todas las amantes criollas de Blas de Lezo.
Y una noche de luna, después de sacudirle el polvo y contemplarlo en la terraza de su casa en Cartagena, de criticarlo como primera y tercera persona hasta en los huesos, durante una larga charla, aceitada con dos botellas de Tres Esquinas, entregó el cuadro al amigo que había deseado toda la vida tener un Obregón y jamás se había atrevido a pedirlo. Se lo entregó a Gabito, que esa noche se quedó sin aliento.
Ahora, ese Blas el Teso, que fue Bolívar en Obregón, respira su inmortalidad sobre la chimenea de la casa mexicana de García Márquez, con su ojo de lienzo recosido por el mismo pintor.
Instintivo, violento, impredecible, visceral. “El arte sirve para todo menos para resolver problemas”, dirá con desencanto.
Quizá por eso, tras conocerlo en el ambiente de La Cueva y de los burdeles de La Ceiba, el crítico norteamericano Thomas Messer escribió: “Obregón consume vida, amor y licor en cantidades generosas. Ellos arden en él, asustando a quienes se le acercan, pero de esas mismas llamas surge su pintura”.
* Escritor y director de la Fundación La Cueva.
Un ojo en cada dedo
A principios de los 90, en una visita a Alfonso Fuenmayor en Barranquilla, Obregón le cuenta que está trabajando mejor que nunca en su casa de Cartagena y lo invita a ver lo que está pintando. Alejandro ha traído unas gafas de sol y se las quita frente al amigo para mirarlo a los ojos y decirle con pesadumbre: “Yo, en cambio, casi ni te veo…”.
Ese día Obregón le contó a su amigo que el mejor oculista del mundo, consultado en Nueva York, había diagnosticado aquella ceguera suya como irreversible y hasta entonces se ignoraba que era efecto de un tumor canceroso creciendo en su cerebro.
El artista le comentó a Alfonso que si la enfermedad progresaba, se iría reduciendo a la escultura “porque esta no se hace con los ojos, sino con las manos”. Sabía bien, se lo había leído a Octavio Paz, que hay un ojo en cada dedo de la mano de un pintor, así el pintor esté tan ciego como lo estuvo ‘Blas el Teso’.
Falleció el 11 de abril, un sábado caluroso y húmedo de 1992 en Cartagena. Su cuerpo fue trasladado en el avión privado de su amigo Julio Mario Santo Domingo y sepultado en el mausoleo que tiene la familia en el Cementerio Universal de Barranquilla.
Más de sus locuras
Cuando niño, Alejandro disparaba un improvisado revólver a objetos que había colocado en la cabeza de Pedro, su hermano menor, y lo lanzaba desde una ventana del segundo piso con un paraguas abierto, como paracaídas.
Treinta años después no había cambiado mucho en tal sentido. Seguía haciendo de Guillermo Tell con sus amigos en el bar La Cueva. Usaba entonces sus manos de leñador para lanzar con tino excepcional una botella de cerveza –o de ron– que hacía estallar otra idéntica, sobre la cabeza de Eduardo Vilá o cualquier otro amigo.
En semejante nido de vitalistas hemingwayanos, que cultivaban la precisión como la hipérbole, que disparaban y mataban por deporte y se orinaban en rituales de respeto al compañero muerto, cayó a finales de 1954, más como dedo que como anillo, este creador fenomenal, provocador de nacimiento y con propensión al peligro, que cuando no iba a estar creando el mejor arte del país, iba a trompearse su honor a muerte en los lupanares del puerto o a manejar por placer en reversa por las calles del Centro.
Guantes de oro
Obregón sabía boxear. Decían que había sido Guantes de Oro en Inglaterra y parecía dispuesto a resolverlo todo a las trompadas. “Por una mirada maluca”, me precisó Juan B. Fernández R., el Director de El Heraldo, tan ligado al grupo. “Alejandro era irascible. Detestaba la racionalización, las explicaciones. De pocas palabras, buscaba pleitos y prefería terminar una discusión a las trompadas”.
Le gustaba. A veces, para animarse, se liaba a golpes con Vilá. Salían del lugar y se daban muñeca en la avenida Veinte de Julio. Se cansaban, entraban, bebían unas frías y luego continuaban.
“Era como la cerveza –señala su hermano Pedro– se subía rapidísimo, pero igual se bajaba”. “Una vez –dice el escritor García Ponce– terminó una discusión tirándole a la cabeza un tarro de cerveza a su rival. Falló por unos centímetros; si llega a darle, puedo decir, por la violencia con que el tarro se estrelló contra la pared, que lo hubiera matado”.