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Una herida que no cicatriza

Esta imagen, de la revista argentina El Gráfico, no puede ser más
elocuente. El arquero Óscar Córdoba yace en el suelo, derrotado, Leonel
Álvarez se muestra desconsolado mientras Andrés Escobar se toma la cabeza
con las manos, como si no lo creyera: acaba de meter un autogol que a la
postre significaría la eliminación de Colombia del mundial de fútbol de
1994.

¡Y creíamos que íbamos a ser campeones! Lo peor, sin embargo, vendría
después, cuando el país tuvo que reconocer ante el mundo, con una
vergüenza que quizás jamás se borre, que Andrés Escobar, el autor de la
tragedia, había sido asesinado. Sucedió hace 15 años y la herida aún no
cicatriza. Porque nadie debería resignarse a que el fútbol sea esa barbarie
que segó la vida de uno de sus más talentosos y gentiles hijos.

Por El Espectador
10 de julio de 2009
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