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La semana pasada un querido amigo me escribió preguntándome por qué, si tienen muchas ideas comunes, el candidato Rodolfo Hernández, quien ya casi tiene el 15 % en las encuestas y sigue creciendo, no se alía con Gustavo Petro para ganar indiscutiblemente en la primera vuelta de las elecciones. Le respondí que tanto Petro como Rodolfo representan para Colombia un cambio real de gran magnitud, y que si ambos pasaran a la segunda vuelta sería la evidencia abrumadora de que este país se cansó por fin de la vieja clase dirigente, de su politiquería y de su corrupción. Yo tengo la certeza de que si Petro gana los cambios serán más difíciles que si gana Rodolfo, porque Petro despierta muchas más resistencias.
Y las despierta no solo porque, como antiguo guerrillero y como vocero de las izquierdas, representa un coletazo de los viejos conflictos colombianos, sino porque él se ayuda. Un día dice que lo que quiere es desarrollar el capitalismo, pero cuando los empresarios del Valle dicen que van a ofrecer empleo a los jóvenes de la primera línea, Petro sale a decir que lo que quieren es convertirlos en obreros. Un día dice que solo va a imponer nuevos tributos a los predios improductivos, y que el Estado ofrecerá comprarles a los que no produzcan, y al día siguiente anuncia que le comprará su ingenio a Ardila Lulle, que les da trabajo en el Valle a 3.000 personas.
En general es un error hablar mal de los ricos en un país donde todo el mundo quiere ser rico, porque al colombiano le parece que es la única manera de abrirse camino en un país donde nadie tiene estímulos y cada quien tiene que defenderse como pueda.
Yo no tengo dudas de que Petro quiere cambiar a Colombia, pero su manera de ser lo lleva a menudo al lenguaje de la confrontación, y un gobierno suyo corre el riesgo de ser una prolongación de las discordias y las venganzas que han paralizado al país durante décadas. Rodolfo no se propone cambiarlo todo, tiene sentido de las prioridades, sabe dónde hay que pelear y dónde hay que concertar, y sabe también que para hacer una reforma agraria confrontativa habría que tener, como Napoleón, una voluntad de Estado y un poder militar dispuesto a respaldarla por la fuerza. Y Petro no va a tener nada de eso.
Tanto Petro como Rodolfo representan hoy una esperanza grande de cambios para Colombia. Si la segunda vuelta es entre ellos dos, no habrá duda de que Colombia quiere cambiar, y a los electores simplemente les tocará decidir cómo quieren ese cambio. En realidad es un momento histórico.
Desde cuando escribí hace 25 años “¿Dónde está la Franja Amarilla?”, un ensayo que casi todas las nuevas generaciones colombianas han leído, y que muchos comparten, he pensado que los cambios en Colombia requieren un esfuerzo de reconciliación. No podemos seguir en la prédica de que medio país tiene que odiar para siempre al otro medio, como nos enseñaron los liberales y los conservadores, y lo más importante es convocar no al país político, como lo llamaba Gaitán, sino al país nacional.
Por eso veo con tanto entusiasmo el rechazo de Rodolfo Hernández a las alianzas politiqueras. Para el que no cree que todo sea cuantitativo, vale más este 15 % obtenido solo y contra todos, y casi sin recursos, a punta de indignación, de convicción y de franqueza, que porcentajes mayores obtenidos en alianzas con todo el que tenga votos que aportar y puestos que pedir.
Pero además el electorado de Rodolfo, que sigue creciendo, no aceptaría que él haga alianzas con nadie, precisamente porque esa ha sido su principal promesa. Si se aliara con Petro sencillamente no lo votarían, porque lo suyo es un voto de opinión y no una maquinaria de esas que se sienten dueñas de los votos, y trastean con ellos, y creen que los pueden endosar. Es ahí donde aparece una nueva manera de hacer política. Ver a Petro buscando los votos de César Gaviria, en vez de buscar a los liberales rasos, fue desalentador. Y la verdad es que si no se alió con él es porque Gaviria encontró mejor postor.
Como ha dicho Rodolfo, Petro podría hacer un buen gobierno, a pesar de su espíritu camorrista, pero no va a depender solo de él: pronto verá alzarse, como cuando fue alcalde, “la alambrada de garantías hostiles”, el arsenal de recursos con que cuenta el establecimiento para entorpecer cualquier cambio.
Si el viejo poder colombiano no quiere que gane Petro, de todas maneras va a tener que aceptar que el país cambie, y es por eso que tanto Petro como Rodolfo deben pasar a la segunda vuelta: ni este gobierno ni este establecimiento merecen ser reelegidos, y desafortunadamente Federico Gutiérrez, que no creo que sea una mala persona, encarna hoy todo lo que de malo tiene el sistema corrupto que ha destruido a Colombia. Rodolfo es un hombre de origen humilde y de espíritu franco y festivo, que sabe comunicarse con el pueblo. Es el ejemplo excepcional de alguien que ha hecho fortuna trabajando, pero ni siquiera los grandes empresarios están con él, porque no ignoran que viene a cambiar muchas cosas.
Estoy seguro de que Colombia no elegirá a Federico Gutiérrez, por lo que ha dicho Rodolfo, porque Fico no es más que la gavilla de Char, de Barguil, de Uribe, de Pastrana, de Peñalosa, y de César Gaviria, más de lo mismo. Pero si no quieren que gane Petro, tendrán que aceptar los cambios profundos de alguien que viene a parar la corrupción, a corregir a un Estado que solo sirve para abusar de los ciudadanos, para entorpecer la vida y no para facilitarla.
Alguien que se propone darles un lugar a los pobres en la leyenda nacional, crear empleo, hacer renacer la agricultura, crear industria, proteger una naturaleza que estamos arrasando, y fortalecer la poderosa y diversa cultura de nuestras comunidades.
Y si no lo dejan llegar a la segunda vuelta, porque las maquinarias eligen a Fico, probablemente será Rodolfo quien decida quién va a gobernar a Colombia.