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Terrorismo y marginalidad, ¿dos harinas del mismo costal?

Al conmemorarse un mes de los atentados de noviembre en París, François Dubet, director de estudios en la Escuela de Altos de París, analiza los usos políticos de este hecho.

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Los ataques del pasado 13 de noviembre en París, Francia, marcan una ruptura y abren un nuevo período en la historia política del mundo. Mientras que los asesinatos de los periodistas de la redacción de Charlie Hebdo y de los judíos en el supermercado kosher, en enero de 2015, parecían tener un “objetivo”, por parte de los victimarios, los ocurridos en noviembre fueron indiscriminados, matando a católicos, musulmanes, extranjeros, y a quienes no creen en ningún dios. Y aunque este asesinato masivo fue visto como un acto que se sumaba a los anteriores, pudimos comprender que estamos en guerra contra Daech y que esta no se equipara a las que hemos conocido, en las cuales se oponen grandes bloques, sino que ha hecho aparición un grupo capaz de imponer su violencia en cualquier parte del mundo haciendo uso de redes terroristas. Este cambio nos obliga a pensar que estamos en guerra contra enemigos invisibles. Por lo tanto, la seguridad interior se convierte en un medio para hacer la guerra y es evidente que afecta a la democracia, ya que amplía las facultades de la policía y el control de las comunicaciones en consideración de que cualquier persona puede ser un enemigo potencial. Al mismo tiempo, está claro que la seguridad es el deber elemental de todos los Estados, incluidos los democráticos. ¿Cómo garantizar la seguridad sin el menoscabo de las libertades? Ya existe el temor de que la clase política, con lágrimas de cocodrilo se rasgué las vestiduras a raíz de este hecho puesto que la demanda de seguridad nunca será satisfecha, se hace políticamente rentable exigir siempre más seguridad. ¿Contra qué estamos en guerra? El hecho de que los terroristas y los asesinos son jóvenes musulmanes franceses o hijos de inmigrantes convertidos genera el riesgo de que se caiga en una generalización, en una mirada totalizadora en la cual todos los musulmanes en Francia son terroristas potenciales. Por supuesto, la tentación es grande y por supuesto se presta para sacar beneficios políticos por parte de la extrema derecha y de una parte de la derecha. No sólo moralmente esto es ofensivo, ya que ofrece un conveniente chivo expiatorio, además, hace que el terrorismo tenga éxito al convertir una guerra, en una guerra civil entre los «verdaderos» creyentes y sus enemigos.  Por el contrario, debemos ayudar a los musulmanes a movilizarse contra el terrorismo y recordar que siguen siendo las principales víctimas. La guerra se libra entre Daech y las democracias, pero no siempre es fácil de entender.  El terrorismo, ¿un problema social? El hecho de que los terroristas provengan en algunos casos de los suburbios, y que en algunas ocasiones tienen un pasado criminal y a menudo no tienen cualificación ni una buena educación, puede llevar a pensar que el terrorismo es la expresión de un problema social, ello es comprensible, pero no excusable. Claro los problemas sociales están latentes en la miseria, el desempleo, lo que lleva a la revuelta del gueto, la delincuencia y las revueltas urbanas… pero ese mismo indicador no es válido para el asesinato en masa. El proceso de radicalización de los terroristas y la constitución de su naturaleza ideológica comienza de manera solitaria frente a un computador. Por supuesto es necesario empezar a preocuparse aún más por las condiciones de vida de las personas que viven en los suburbios, pero no nos engañemos: los problemas sociales no son el problema de Daech y este grupo no responde a las injusticias sociales. Los efectos más peligrosos de los ataques Daech no son sólo la seguridad de los ciudadanos, especialmente el riesgo de fracturas en la sociedad francesa, tentaciones autoritarias y la voluntad de oponerse a los ciudadanos por sus creencias, sus culturas e identidades. Si la sociedad francesa elige este escenario, Daech habrá ganado incluso si el Estado islámico es aplastado por las bombas.

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