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El olvido tuvo su oportunidad. Y se fueron formando unas raíces gigantes debajo de mi cuarto que invadieron todo el edificio, e hicieron que se fuera pudriendo, y una niebla siniestra fue rodeándolo, y se volvió imperceptible para el acecho premeditado de las ilusiones. Yo no me moví ni un centímetro. Mi espectro replegaba su imagen a través de las habitaciones vacías, como un espectáculo de terror que hubiera asesinado al silencio. Y todo se iba calcinando, menos mis libros. Los libros son indiferentes a la inmortalidad. Los libros prevalecen como talismanes que guardan el privilegio genuino de sus más ilustres designios. Los libros apartan las raíces que matan al amor. Nadie volvió a saber del lugar. Pasó mucho tiempo, hasta que una joven muy pobre que tenía mucha hambre dio con el edificio en ruinas, y se dio cuenta que estaba iluminado por cucuyos, y tenía una tangibilidad en que la sabiduría siempre estaba feliz, oculta sobre sí misma. De pronto, vio un plato de espaguetis sobre una mesa que parecía nueva, que tenía una silla confortable, y se lo devoró en un santiamén. Luego, vio una lasaña de pollo y champiñones en otra mesa, pero cuando le iba a clavar el tenedor, desapareció, y sobre la mesa apareció un libro. Era Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Sobre la novela, había un papel que decía: “Lee y comerás”.
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La joven había aprendido a leer sola, pero los papeles siempre le habían parecido un testimonio del escrutinio irredimible de los privilegiados, y con una rabia desalmada leyó la obra maestra del Nobel portugués. Quedó asombrada… ¿Una ciudad ciega? ¿Y solo una mujer que podía ver? ¿Por qué? ¿Por qué a pesar de estar ciegos los seres humanos mostraban su verdadera condición? Y apareció la lasaña. Pero ya no solo tenía hambre. Quería seguir leyendo hasta que el hambre del verdadero sentido de ser humana fuera saciada. Y ese fue el pacto. Siempre tenía un plato de comida si terminaba un libro.
De la nada apareció un baño, y vio su rostro maltrecho, con los jirones de ropa que la habían acompañado en su temible miseria. Estaba hedionda. Se bañó, y pudo utilizar un jabón y un shampoo en años. Después aparecieron unas tijeras que fueron cortando su pelo, y un cepillo se lo fue arreglando, y un secador que lo dejaron impecable, y cuando se miró de nuevo en el espejo, era la primera vez que sonreía en su vida. Había sido violada a los cuatro años, abandonada en las calles a los ocho, y vivido de la limosna y de su propio ingenio hasta que llegó a ese edificio aborrecible que le ofrecía un libro y un plato de comida. Devoró un poco más de 800 libros en tres años, y al final amaba más a los libros que a la ignorancia que la había sumado en la pobreza.
El edificio se hizo invisible y yo pude descansar en paz, porque alguien había entendido mi corazón. Me había vuelto mis libros, después que me hicieran tan viejo de tanto leer, que fui desapareciendo, y la literatura y yo nos volvimos uno solo. El amor había olvidado sus raíces. Y donde había estado el edificio inescrutable, Brenda encontró una breve fortuna. Estudió idiomas, y ayudó a los demás a salir adelante, pero cuando leía por la noche, siempre estaba impregnada del aroma de la mujer que yo había amado, y entendió que la presencia más sublime es un enigma, y su mayor desafío, descifrarla, sin que lo sepa nadie más.