
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Altivo, cuando le preguntan sobre sus medallas, Gustavo Sánchez levanta el mentón. Saca pecho, atrás los hombros, y se para erguido, bien derecho. Abre los ojos y sonríe orgulloso, mientras habla. Sonríe, en realidad, todo el tiempo, pero más cuando le toca hablar de cómo, enfrentando a potencias de la natación artística como España, Italia y China, ganó dos preseas de bronce hace unos días en el Campeonato del Mundo de natación en Doha (Catar).
No suele fruncir el ceño. Sus cejas también están listas para la sonrisa. Ni siquiera ante preguntas maliciosas. Sereno, advierte que sus podios, en el solo masculino, no fueron casualidad. De hecho, iba por cuatro medallas, pues también competía en dueto, y la cuenta quedó solo en dos. Gustavo Sánchez ambiciona comerse el mundo. ¡No es ninguna sorpresa, es una realidad! No le molesta la pregunta: ¿esperaba ser medallista del mundo? Se lo preguntan a menudo. Ignoran su proceso, pero él está acostumbrado a las dudas, a vencer los pronósticos.
Mire: María Paula Quintero: temer a lo que más amas
“Tal vez, hace menos de un año en Fukuoka (Japón) cuando ganamos la plata, esa sí fue una sorpresa. La deseábamos, pero no estaba pronosticada. Esta vez sí. Éramos conscientes de lo que podíamos lograr, ya nos habíamos enfrentado con los más grandes y sabíamos que podíamos ganarles”, dijo en entrevista con El Espectador.
La revolución de Gustavo Sánchez
El trabajo de Gustavo es rutinario. ¡En extremo! La natación artística depende sobre todo de la repetición. En su cabeza, en un minuto, Sánchez repite cien veces un solo movimiento. Antes de la competencia, en su imaginación, mientras deja una estela de agua con las gotas que le caen desde los codos tras su calentamiento en la piscina, el vallecaucano puede repasar hasta el agotamiento la rutina que su cuerpo ya se sabe por inercia.
Antes de competir, de hacer sus figuras en el abismo líquido, afuera de la pileta Gustavo Sánchez se pone los audífonos. Los ojos los tiene clavados en ninguna parte mientras entiende una vez más la clave de la música. La salsa que en un momento resonará en el escenario. La gente puede verlo, con los pies en el suelo y los brazos apuntando al cielo, danzando en el aire, con los mismos pasos que minutos más tarde los dejarán boquiabiertos cuando entre al agua.
También: Estefanía Álvarez: una vida debajo del agua
Sánchez se define como una persona tranquila. Vive el momento, no le gustan las cuadrículas. “Me gusta estar chill”, dice. No fueron las rutinas precisamente las que lo llevaron a la natación artística. No hubo una gran escena, por más de que quisiera encontrarla. Gustavo era bueno nadando. Simple. Desde que tiene memoria, veía el agua como un destino. Empezó en la natación de carreras. Un impulso lo llevó al ultimate y al voleibol. Pero, al final, terminó otra vez entre chapuzones, practicando waterpolo.
Un accidente en el colegio, cuando casi pierde un dedo, lo llevó a abandonar el deporte por casi tres años. Ese parecía el fin, pero en una fiesta una amiga le dijo que necesitaban hombres en el equipo de natación artística. Era increíble, no encontraban uno solo que se le midiera al reto. Y ella, que sabía que él nadaba, le pidió por favor que fuera. “¿Como hobby? ¡De una!”, pensó Gustavo. De eso ya pasaron casi siete años.
El olimpo: ¿sueño imposible?
Todos coincidían, Gustavo Sánchez era un prodigio. Aprendía más rápido que las demás y demostraba un talento que parecía guardado en la memoria de sus cromosomas. Si así era, entrando los 17, ¿qué tal si hubiese empezado a los 10, como el resto? En las competencias quedaba primero, en los entrenamientos mandaba la parada; pero, a pesar de su disciplina, sus oportunidades parecían difusas. Pasaron años antes de que llegara un apoyo económico que le permitiera mantener viva la llama. Y mientras tanto, la espera se hizo insufrible.
No se pierda: La felicidad: la verdad que Mónica Arango encontró en el agua
Dejar tanto para no ver nada lo sofocaba. Era en el camino a casa cuando se deprimía. Pensaba, sentado en el bus, en sus rutinas. Era agobiante imaginar el costo de un futuro que se veía imposible. Lo deprimía pensar en esa crudeza. Y así llegaba a quejarse con su madre, la que siempre estuvo. Nunca hubo condescendencia, sino ánimo. Había que echar pa’lante. Ella misma se iba a tocar puertas, en federaciones, alcaldías y secretarías, a buscar la plata que otros les negaban para que el niño viajara afuera, a medirse con sus pares. Donde tocara, allá iba ella y, en gran parte, fue ese talante lo que lo llevó a la cima.
El nombre de Gustavo Sánchez empezó a sonar más tarde de lo que debía. Pero ahora, cuando está en lo alto, el vallecaucano hace historia. Hasta que llegó él, solo un colombiano, Orlando Duque, se había colgado una medalla en un Campeonato Mundial de Natación. Él, competiendo en natación artística, ya va en tres y aspira a más. “Ya me estoy preparando para el Mundial de Singapur, el del próximo año”, dice.
Tiene un sueño y son los Olímpicos. No puede ir porque la modalidad de solo masculino no tiene cupo. Tampoco los duetos aceptan categoría mixta, su otra especialidad. Es un deporte de mujeres, que poco a poco tiene que abrirse a otros mundos. La aspiración es que lo acepten para Los Ángeles en 2028. Hacía allá apunta Gustavo Sánchez, a un olimpo que él imagina como su verdadero destino.
