Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace unos años hablé con Eric Hobsbawm acerca de la guerra y la paz en Colombia. Discutimos la noción según la cual sus orígenes se entremezclan con la más larga historia de conflictos por la tierra y la memoria reprimida de la disolución de los lazos que unen a comunidades tradicionales y campesinas con su medio ambiente.
Sobre los más recientes intentos de llegar a un acuerdo de paz, la cuestión del impacto de esa historia traumática en la corrupción de las instituciones nos pareció central. Un artículo publicado por Sergio Jaramillo en 2006 puntualizó ese fenómeno: la manera en que la circularidad viciosa de la guerra amenazaba deslegitimar por completo las instituciones.
A comienzos de 1990, la incesante ola de asesinatos de líderes comunitarios y políticos, en especial de la Unión Patriótica, pero también activistas y políticos liberales de centro, reveló ese fenómeno a un grupo de estudiantes y académicos jóvenes. De allí surgió el movimiento estudiantil de la Séptima Papeleta. Como vocero del movimiento, tuve la oportunidad de hablar con el secretariado de las Farc por un radioteléfono ubicado en un sótano de la Casa de Nariño. Propusimos que, como parte de un proceso de dejación de armas, enviaran representantes de ellos, que participarían junto con las demás tendencias sociales y políticas en el proceso desde la base, la discusión y la escritura de la nueva constitución. Esos intercambios nos indicaron que para alcanzar la paz sería necesario crear algún tipo de mecanismo a fin de compartir el poder, parecido al que existe en Irlanda del Norte.
Pero ello implicaría dejar ir poderes que concebimos como nuestros en forma exclusiva y redescribir los valores que asociamos a ellos: transformar nuestra identidad desde el punto de vista del enemigo. Ello requiere generosidad, hospitalidad y grandeza. Preguntarnos “¿cuáles son nuestros valores más sagrados?” y, aún más difícil, dejar ir la parte de esos valores que pueda estar atada a los hábitos imitativos que hace la guerra “adictiva”.
Las actuales movilizaciones podrían lograr algo que nosotros no supimos hacer: mezclar movimientos y demandas rurales y urbanas y así romper el hechizo del estereotipo dual. Si se transforman en asambleas multiplicadoras del proceso en La Habana entre las bases y convergen con las juntas de acción comunal, dadas la presencia territorial y la naturaleza jurídica de estas, podrían salvar el proceso.