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Feminicidio, violencia intrafamiliar, violación, acoso, menor salario por trabajo igual al de los hombres, embarazo adolescente, injurias de la publicidad: el orbe de las mujeres es hoy muy similar al de los esclavos de épocas atroces.
Por eso se alzan, marchan, atiborran sus columnas de prensa y sus frases en redes sociales con el quejido de media humanidad azotada por la otra media. Las conquistas del feminismo de los sesenta parecen acorraladas por el músculo masculino.
¨No sabes lo difícil que es ser mujer¨, clama la hija al padre. ¨¿Has sido violentada en el trabajo, la calle o el transporte público?, preguntan las encuestas. ¨No hay mujer que no lo haya sido¨, responden las mayorías de ellas, de las mujeres que no intentan siquiera caminar de noche por la ciudad dentada.
Los hombres han llegado al punto de ejercer su única ventaja natural, el vigor de los brazos. Esta prerrogativa anatómica, concedida para aguantar el sudor de la conquista brava del mundo, se les vuelve argumento sumario cuando ni el corazón ni la inteligencia les dan la razón.
Por eso el grueso de las víctimas lo ponen ellas. Es posible que en los tratos del día sean enfáticas, incisivas, más que suplicantes. Pero estos tonos del reclamo nunca dan licencia para ser hinchadas a golpes o suprimidas a cuchillo o empaladas a sevicia.
Es seguro también que los hombres sean humillados y ofendidos por las cadenas del trabajo o por las apreturas de la economía. No es menos inicuo que continúen con esta sarta de ignominia sobre los cuerpos de sus hembras. Y que luego pateen al perro cuyo chillido de protesta es mudo en la reyerta.
La sociedad es la enferma. Solo que el detritus de sus llagas no cae de igual manera sobre todos. Son las mujeres ´el trompo de poner´ del descalabro general. Sobre ellas pincha el aguijón de las furias.
Los niños son débiles, inspiran protección. A los viejos nadie los determina. Los enfermos ya tienen su castigo. Las mujeres, en cambio, son la piedra sobre la que se para firme el hogar. Son la sensatez tras la borrachera del marido. Son la seguridad del almuerzo sobre la mesa.
Así que los hombres tiran la punta afilada sobre la madera redonda femenina. Parten en dos los cuerpos con los que se acuestan. A continuación se arrepienten y empalagan a sus víctimas con promesas y zalamerías. Ellas eternamente perdonan, usan gafas negras para blanquear el hematoma.
Hasta que una de dos. O sucumben en un lance supremo. O se muerden la rabia, consultan con amigas que han pasado por las mismas, y prorrumpen en un lamento a los cuatro vientos mientras lloran los niños.
¿El amor? El amor se trocó en resignación, en suma de obligaciones, aplazamientos y negruras.
Lo que ocurre en las viviendas se traslada al bus, la fábrica, el salón, la oficina, la acera. Hombres aleccionados en la prepotencia fornida lanzan sobre las gráciles transeúntes o conocidas la descarga determinante de un sexo depravado. Con frecuencia el resultado es un bebé que nacerá sin comprender a qué lo trajeron.