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Estragos del odio y las mentiras

Mario Méndez
24 de octubre de 2016 – 09:00 p. m.

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Donde quiera que podemos, hemos planteado en estos últimos cuatro años la necesidad de desarrollar el trabajo pedagógico que exigía el proceso de paz.

Porque allí donde se machacó por 50 años que los guerrilleros eran unos bandidos, en la voz de prácticamente todos los 12 presidentes y sus generales que han ejercido desde el nacimiento de las Farc, se hacía imperioso desmontar esa imagen tan negativa para no correr el riesgo de lo que pasó con el resquebrajado Acuerdo de La Habana; haber dicho, por ejemplo, que en ese momento, octubre de 2012, se emprendía la senda de la reconciliación con hermanos equivocados o que veían la perspectiva de poder por medios no aceptables como las armas. En fin… algo que le bajara el tono al resentimiento alimentado y permitiera ver a los insurgentes como colombianos y hermanos en plan de encontrar otros caminos.

En vez de ese trabajo paciente, pero que hubiera dado buenos frutos, se actuó con soberbia, pensando que el Sí se abría paso con eslóganes sin mayor contenido, mientras los líderes del No seguían azuzando. Maltrata el alma ese espectáculo de grandes masas de ciudadanos que, sin sentido crítico y sin análisis, absorben como esponjas lo que les llega a los oídos, sumidos en la condición de simples objetos. No desconocemos, desde luego, que muchos votantes del No saben dónde están parados, pero obran según unos intereses que no coinciden con los de la mayoría. Como consecuencia, Colombia está llena de odiadores que, mientras se enferman de sentimientos destructivos hacia sus semejantes, piden mecánicamente “el pan de cada día” y que les perdonen “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, repiten. ¿Dónde está la coherencia de practicantes que no reciben unos elementos de juicio siquiera para obrar con claridad?

A ese matrimonio de odio y creencias confusas se le agrega la monstruosidad de la mentira con tal de darle curso a la mezquindad de quien la difunde, por razones que atentan contra la dignidad de los prohijadores mismos del engaño bien montado en objetivos que están muy por debajo de los propósitos elevados de construir un país diferente y mejor. ¿De dónde sacan aquello de que se estaba entregando el país al castrochavismo? ¿De cuál peligro para la integridad de la familia se hablaba y se habla? ¿Y qué tiene que ver el Acuerdo con la ideología de género? En esa medida y con cierta lógica torcida, y como nos dijera un amigo, no faltaba mucho para afirmar que quien votara por el Sí caería sin remedio en el homosexualismo. ¡Qué barbaridad! ¿Estaría por ahí la nariz de J. J. Rendón?

Pero más allá del desastre del domingo 2 de octubre, y pensando en el futuro del país, uno se pregunta si no hay mucho de indecencia en esa obsesiva insistencia por mantener en las tinieblas a un pueblo que bien puede encontrar compensación ante las calamidades que han marcado su vida. En este sentido, tomamos de un folleto preelectoral una frase que invita a la reflexión: “Sólo una ciudadanía bien informada puede tomar decisiones responsables”.

Monseñor Alejandro Ordóñez: basta de sacarles provecho a los sentimientos religiosos de nuestro pueblo. Eso no le gusta al papa Francisco.

* Sociólogo de la Universidad Nacional.

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