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El puente de la memoria

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Este es un libro mapa. Libro puente. Libro faro. Este es Puente colgante (Editorial El Lobo está en el Bosque), del argentino Luis Gruss, que comienza con la travesía de una familia hacia el borde de un balneario casi desconocido.

Para llegar hay que cruzar el puente, esa estructura que representa el vínculo entre infancia y adultez. La acción está en la fuerza descriptiva: el movimiento va dibujando el paisaje.

Del otro lado está la playa. El protagonista repasa las olas: “quiero ver el punto exacto donde el mar se detiene arrepentido, deja manchas luminosas en la arena y retrocede hasta las fuentes de sí mismo”. Ese mirar que es a la vez una metáfora del mirar al pasado, a un recuerdo mínimo: una joven se acerca por la espalda, nos cubre los ojos: “¿Quién soy?, vuelve a preguntar ella desde afuera del tiempo”.

En un extremo está el faro. Lo inalcanzable. El anhelo que es la única luz en una noche de temporal, “lo hermoso anticipa la caída”. Habrá que despedirse cuando la familia se extinga o los caminos se borren “al pisarlos”. Concentrarse en el tiempo restante, en la soledad con la que habrá que atravesarlo.

Aquí la infancia no se mitifica como el pasado perfecto. Es, más bien, un acontecer incómodo, difuso: “en la época yo no había despertado ni como pez ni como hombre. Era un animal sin pies ni sexo ni branquias”.

Cada página de esta noveleta puede leerse como un texto solitario. La historia fragmentada como los tablones de un puente (“no es lo mismo un puente que un acantilado”) que nos va llevando a otro lugar. Ese lugar que es la memoria.

Libro bonsái. El peso del otrora contenido en una estructura mínima, en ideas, instantes, sensaciones, detalles como “yo le acaricié el pelo como quien perdona una vida o una ofensa”.

Más allá de la trama y su delicadeza, en esta reciente publicación hay más cosas que celebrar: el riesgo de una “librería de viejo intermitente” por volverse también editorial, y la apuesta de El Lobo está en el Bosque en este primer libro de la serie Suspendelviaje, por una edición que también nos cuente una historia.

En el material de las hojas se percibe lo orgánico. La naturaleza debajo del puente es ahora tangible. La ilustración del colombiano Santiago Guevara (Corazón de león, Los 16 motivos del lobo), que es el mapa al que luego Gruss le dará vida, se abre en la primera página. Y el diseño de la cubierta está resuelto con una estampilla de tiempos lejanos, tal vez cuando los puentes daban el don de la ubicuidad.

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