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Esto se veía venir

Juan Carlos Botero
20 de octubre de 2016 – 09:34 p. m.

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Lo siento mucho, damas y caballeros, pero esto se veía venir.

Es una crisis sin fondo, fruto de quienes apoyaron el No y de quienes no votaron en el plebiscito. Cuando había tanto en juego, es inaudito que más del 63% del país se haya abstenido de votar. Cruzarse de brazos, en una democracia, es aceptar que otros decidan la vida, la suya y la de todos. Prevaleció la apatía, y con la victoria del No, con o sin Nobel, se frustró la opción de la paz y quién sabe por cuánto tiempo.

Lo dije antes: entre una justicia imperfecta y una paz imperfecta, prefiero lo segundo. Pero los opositores al Sí, en busca de algo que ellos mismos no tenían ni tienen claro, le dispararon un torpedo a una nave de esperanzas, una que, después de 52 años de asedios y ataques, flotaba de milagro, y la hundieron entre aplausos, felicitándose por su puntería. Porque quienes votaron por el Sí sabían qué iba a pasar al día siguiente del plebiscito: se pondría en marcha el proceso de paz, aprobado por ambas partes del conflicto tras cuatro años de negociaciones, y expuesto a la opinión pública. Pero quienes optaron por el No no tenían idea de lo que seguía, y decidieron correr el riesgo: quizá se reiniciaba la guerra, quizá se repensaba el acuerdo, quizá venía la crisis económica e institucional. Ni idea. Así lanzaron al país al abismo de la incertidumbre, un salto al vacío con los dedos cruzados. Y ahora todos vamos a pagar el precio. De eso, damas y caballeros, no les quepa duda.

Es irónico: muchos votaron a favor del No por su odio a Santos (injustificado) y por su odio a Timochenko (justificado), pero gracias a ellos dos esa gente se salvó de una vergüenza histórica, peor que Brexit, porque ambos actuaron con mesura después del fracaso en las urnas. Si hubiera estallado un baño de sangre (que aún puede pasar) esta misma gente se estaría dando contra las paredes del remordimiento.

Sin embargo, lo peor de todo es que no habrá acuerdo de paz. Porque Uribe no rechazó el acuerdo por diferencias filosóficas, ni por su repudio a que las Farc actuaran en política (eso lo han permitido casi todos los acuerdos del mundo, como los de Colombia, y ahí está el M-19), ni porque las condenas eran demasiado blandas (su acuerdo con los paras fue peor en ese sentido), sino por algo más íntimo: él no quería que Santos recibiera el Nobel de la paz. Y ahora Uribe hará de todo por dañarle la fiesta, por mostrar que este Nobel, como el de Obama, era inmerecido por prematuro. Damas y caballeros: así es de mezquina la política en Colombia.

Y tampoco habrá acuerdo de paz por otra razón. Si éste se logra ahora, Uribe no tendrá causa ni tema en los próximos comicios. Pero si se frustra el acuerdo con Santos, el tema de la paz estará vigente, Uribe tendrá cartas en la mesa, y pondrá a uno de sus filas para aspirar a la Presidencia, hablando de diálogo y arropado en la bandera nacional. La vigencia de Uribe depende de la guerra, no de la paz.

Insisto: ésa es la grandeza de nuestra política. Y mientras Uribe hace la farsa de que está haciendo y oyendo propuestas, los muertos los pondrá el pueblo. Ningún conflicto armado de la historia se ha pensado en terminar con el voto, metiendo papelitos en cajas de cartón. Colombia tuvo esa opción y la echó a perder. Por algo el mundo entero lo sigue sin creer.

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