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Mientras el país se debate entre la paz posible y el imposible No, el alcalde Peñalosa y el ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Luis Gilberto Murillo, juegan con el destino de millones de personas y ecosistemas importantes para el país como la Sabana de Bogotá.
Por Pablo Leyva
El alcalde sueña con una ciudad a su gusto, con urbanizaciones VIP como “Campo Verde”, en áreas en que no debería estar permitido, para que se realice la aspiración de gobernantes dedicados a impulsar la construcción como plataforma política, así se intervengan cerros, ecosistemas y reservas. Ahora, en un foro de alcaldes del mundo, el alcalde presenta su juguete: una millonaria maqueta blanca de Bogotá en la que uno “puede incluso ubicar su casa”. Sobre ésta se proyectan luces led que muestran el trazado de una hipotética línea de metro (no una red) y muchos transmilenios, que algún día harán de Bogotá una de las ciudades que menos contribuyan al calentamiento global. También con luces de colores seguramente se pueden proyectar en la maqueta otros sueños del alcalde, como acabar con la reserva Van der Hammen, atravesando vías y después llenándola de edificios y algo de parques.
Mientras tanto, el ministro Murillo pone a consideración para comentarios, antes de sancionarla, una resolución en la que se delimitan zonas de la Sabana de Bogotá compatibles con minería. Esta delimitación, fruto de años de trabajo político y tecnocrático, se logra con la cartografía digital, un juguete maravilloso: un software permite la superposición de imágenes y mapas o “capas” de información, para representar en colores los sueños del ministro. Cada una de las capas contiene algún elemento del juego: zonas de páramo, áreas de interés para la conservación del agua y de suelos, suelos urbanos y de expansión urbana, ecosistemas, zonas de interés minero, títulos mineros, los POT, condiciones socioeconómicas, otras delimitaciones, lo que proponen la CAR y la Agencia Nacional Minera, otras opiniones y no faltaron el cambio climático y el riesgo de desastres, etcétera. A los mapas superpuestos se incorporan ajustes y se llega al mapa que soporta la propuesta del ministro para definir 15.797,5 hectáreas de la Sabana de Bogotá compatibles con la minería y convertir un impacto ambiental en un “determinante ambiental”. Con el fin de justificar el daño potencial, la resolución tiene tantos considerandos que es más bien un tratado de derecho (torcido), pues induce a pensar que el Ministerio de Ambiente lo que debe impulsar no es el desarrollo sostenible, sino “el desarrollo sostenido de la economía”.
Bogotá, como otras ciudades del mundo, creció más que su infraestructura de movilidad y otros servicios vitales, y con su demanda de recursos se proyecta insostenible sobre la Sabana para acabarla. Con el objeto de construir una paz sostenible, es hora de que el Estado intervenga en cumplimiento de su deber constitucional y pare este daño irreversible.