Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace poco, el Polilla da Silva, recordado goleador que estuvo en el América, dejó su cargo como director técnico del Peñarol de Uruguay. No es novedad, menos en estas épocas, que los malos resultados obliguen a cambiar de orientador en los equipos profesionales. Sin embargo, resultó interesante saber cómo el equipo lo iba a reemplazar.
Generalmente, los interesados, empujados por los empresarios, envían sus hojas de vida y hacen un bosquejo sobre el proyecto de trabajo, o simplemente algún miembro de la junta directiva los recomienda, porque los conoce o consultó a alguien de plena confianza.
Peñarol buscó una vía moderna. El perfil de su nuevo técnico debía reunir condiciones como estas: joven y moderno, trabajador de campo y conocedor del manejo de la tecnología aplicada en el fútbol.
El mensaje para ir cerrando puertas a técnicos por encima de los sesenta años fue claro. De hecho, hablar de trabajar era también limitar a quienes, por razones de salud, no están disponibles para hacer ejercicios a la par de los planteles. Lo de la tecnología era una manera de decantar candidatos al puesto, pues, aunque se puede estudiar y aprender, la premura en la búsqueda del técnico no les daba tiempo para “modernizarse”.
Es probable que en nuestro medio esa metodología para buscar talentos no esté en práctica. Pero sí llama la atención cómo desperdiciamos y dejamos de lado a personas que aún pueden ser importantes para nuestro fútbol. ¿Por qué Maturana, Retat, Quintabani y tantos exjugadores como Víctor Bonilla no son tenidos en cuenta para ofrecer consejos, dictar charlas, contar experiencias? Una vez Millos trajo a un español, en los días de Lillo, que de buenas a primeras sacó a la gente que trabajaba en divisiones inferiores. El hombre creyó ser conquistador, descrestó a la dirigencia, se llevó un billete grande y cercenó un trabajo serio.
Nuestros equipos deben conseguir buenos técnicos. No solamente con un cartón o un título, sino capaces de demostrar que se quemaron las pestañas jugando, viendo, conversando y, ante todo, que sean seguros en el manejo de grupo. Alguna pizca de psicología los debe acompañar para atender tantas personalidades y modos de ser. Lo de los uruguayos es interesante, porque el fútbol ingresa a los cazadores de talento, no de jugadores sino de técnicos.