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Si usted es de los que tienen miedo de que Timochenko pueda llegar a ser presidente, le recomiendo que oiga la entrevista que por más de una hora le dio a Darío Arizmendi en su programa 6 a.m. Hoy por Hoy la semana pasada, para que se le quite.
El líder de las Farc demostró compostura y hasta entrenamiento mediático para que luego de media hora de conversación se empezara a desmoronar y dejara ver a un hombre que todavía no tiene callo para enfrentar las preguntas incómodas de los periodistas, ni mucho menos tiene un discurso que pueda meterse en la piel de los votantes como para salir elegido en un puesto público.
Una de las cosas que más llamaron la atención fue la risa que acompañó algunas de sus respuestas. Una vez burlona, otras nerviosa, siempre fue incómoda para los que escuchamos sus palabras al otro lado del radio. También dejó mucho que desear la respuesta que dio cuando le preguntaron por qué su organización realizó el atentado al club El Nogal y dijo que estaba justificado porque allí se reunían miembros del Gobierno con personas no muy deseables.
Pensaríamos que después de cuatro años fuera del combate y del asedio de las bombas y, sobre todo, de tantas reuniones con destacados interlocutores, tuviera preparado un discurso más digerible para el país. Pero no, es evidente que ni él, ni algunos de sus compañeros del Secretariado, ahora con acceso a Twitter, han aprendido o aceptado que la opinión pública los aborrece y que por lo tanto el trabajo en su discurso debe ser intenso y profundo, para ganar terreno en la arena en la que dicen querer vencer ahora.
En el marco de este nuevo escenario nacional de búsqueda de salidas para rescatar el acuerdo de paz, la incapacidad verbal y política de las Farc es una buena noticia que desarma el argumento del No que suponía que lo firmado en La Habana abría las puertas para que Timochenko llegara a la Casa de Nariño. Tras escucharlo en radio queda claro que no existe tal posibilidad y que es un impedido políticamente. Pasarán décadas para que aprenda del lenguaje mediático actual y para que el país sane de las heridas tan profundas que han dejado en nuestras vidas que reviven cada vez que se dejan ver frente a cámaras u oír por medio de un micrófono.
La buena noticia, entonces, es que se cae una de las fábulas más tenebrosas que sustentaban las premisas de la campaña del No. Sin embargo, la mala es que cada vez que hablan las Farc enlodan más el proceso de paz. El Secretariado genera tanta antipatía que, en una demostración de improbable inteligencia, debería guardar silencio mientras se desenreda el proceso, ya que cada una de sus intervenciones equivale a un baldado de agua en un pozo de arena movediza. Es importante subrayar que bajo ninguna manera estamos sugiriendo que las Farc deben desfallecer en su intento de dejar las armas para acoger la política; más bien, el mensaje debe interpretarse como dicen las abuelas: hay momentos en que uno calladito se ve más bonito.