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En la plaza de Bolívar de Bogotá se pasa a limpio lo que es el país. El engañado triunfo del ´No´ lo dejó en claro. A lo largo de la carrera Séptima, desde varias vertientes, fluyen hasta ella en estos días un abatimiento y una invocación.
Las tardes y las noches no dan abasto. ¡Tantos quieren alzar un silencio o pasar una flor blanca! También los muertos quieren desenmudecer. Así que es preciso desocupar las fechas, trasladar los actos para que no se atiborren los símbolos.
Doris Salcedo, la artista más lisonjeada en el mundo y pordebajeada en Colombia, tuvo que ceder el 12 de octubre a los indígenas y anticipar a la víspera su ritual nevado. Alta esa noche, los voluntarios no terminaban de apuntalar las telas, cuando el suelo gris de piedra debió de ser vaciado.
La instalación que parecía una secuencia de lápidas acostadas se conoció gracias a cámaras y drones. La ciudad habría podido desfilar callada alrededor del cuadrilátero, buscar entre cenizas el nombre a medias de algún conocido, observar ese lago ondulante y clarísimo desde cuya eternidad hacían señas las víctimas.
Pero no se pudo. Tocó mirar en televisión, periódicos o pantallas de WhatsApp los «cuadros de una exposición», como si se tratara de la composición de Modesto Musorgski. Hubo que consolarse con imaginar ese cementerio helado y cosido a puntadas de recuerdos.
Algunos afortunados que se lanzaron al frío vespertino capitalino, bajo las jabalinas de una lluvia sin aviso, alcanzaron a zarandear el corazón ante aquella marea ceremonial de los apellidos que descansan en paz luego de siglos de guerras sin tregua.
Dos luminarias agregaron misterio al camposanto. Una media luna creciente que despuntó sobre la torre norte de la catedral. Y más tarde los faroles amarillos que cruzan la plaza. El conjunto tomó el tono del limbo que le faltó a Dante.
Al día siguiente, día del «Descubrimiento», sonaron los tambores, flautas y bailes indígenas. Rosas, claveles, cartuchos, dedicados a estos por los estudiantes, levantaron su color blanco arriba del blanco de las sábanas del arte, que ya eran una memoria plegada.
Cumplido el exorcismo, reverenciados los sacrificados, irrumpió la invocación en calles y plaza. La solemnidad propiciada por las imágenes espectrales de Salcedo le dio turno al reclamo de los dolientes de la guerra.
Un niño dormido a caballo sobre el hombro de su madre cobriza bambolea la cabeza soñando que por fin podrá amanecer sin alacranes en la sien. Decenas de muchachas tostadas golpean con fiereza tambores enormes, las almas se les salen por los brazos.
La guardia indígena, coloreada con manillas verde y rojo, ajusta los bastones de mando haciendo círculo en torno de «la comunidad». Esos palos parecidos a bolillos de policía son para ellos armas de última generación porque esa comunidad los fortifica.
La plaza donde gritaron los muertos ahora es receptáculo del ánimo de los vivos. El país limpio se ha pasado a limpio. En los contiguos palacios alguien se asoma y tiembla.