Publicidad

El poder de la gente

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Si hay alguna guerra justa, no hay ninguna paz injusta.

En La Habana el equipo que dirigió Humberto de la Calle realizó un auténtico trabajo de relojería para llegar al acuerdo posible. Dicho acuerdo, suscrito entre las partes, está vigente porque nadie lo ha modificado, pero el triunfo del “No” congeló sus desarrollos y obligó a buscar nuevos desarrollos políticos. Por las Farc se abstuvieron de entregar sus armas. Nos tropezamos con una paz armada.

Toda paz armada es proclive al sonido de los fusiles. En Europa culminó en la segunda guerra mundial. Ni siquiera el Nobel discernido al presidente Santos está logrando silenciar las alarmas. Si entre hoy y el 10 de diciembre –fecha en que el jefe de Estado recibe su premio- llegare a romperse el cese al fuego, el país quedaría haciendo un protagonismo estrambótico en Oslo –y en el mundo- que, si no fuera trágico, sería cómico.

El presidente Santos reclama la necesaria celeridad a los voceros del “No” y les pide no formular propuestas imposibles. El expresidente Uribe entrega lineamientos generales cuando se demanda concreción. El ministro de Defensa admite que no se está cerca a un acuerdo. Es como un baile de máscaras en donde cada quien muestra lo mejor de su embozo pero oculta su verdadero propósito. Eso no se compadece con una estabilidad tan frágil como esta que vive el país.

Por fortuna las movilizaciones estudiantiles y de la sociedad civil siguen vivas, presionando decisiones y acuerdos que consulten los intereses de la comunidad nacional, y no los del inefable ‘canapé republicano’.  Cuando los países se sienten prisioneros del pasado o se dan cuenta de que avanzan hacia ninguna parte, la única respuesta posible está en el quinto poder: el poder de la gente.

La paz es un imperativo para la sociedad colombiana y hay que construirla sobre la realidad. Sobre la misma realidad que el mismo ‘canapé’ ignoró en 40 reformas a la Constitución aprobadas en los últimos 25 años. No pocas de ellas fueron contrarreformas. Las otras son las típicas reformas que se hacen para que todo siga igual.

Las cúpulas del poder público –y, a menudo, las del privado- actúan en forma suelta: no interpretan la realidad ni la voluntad de la gente, pero sí las suplantan. Y proponen reformas para que todo siga igual. Así ha sucedido –y sigue ocurriendo- en el Congreso, en el gobierno, en las altas cortes. Frente a la paz la gente decidió empoderarse para que el país en que quepamos todos no colapse antes de nacer.

Las víctimas, los estudiantes, los ciudadanos siguen activos esperando respuestas que se anuncian pero no se concretan. Como dice el académico Francisco Barbosa, en su columna de El Tiempo, la cúpula política “debe tener la grandeza de pensar en el derecho a la paz de las nuevas generaciones y no en la articulación partidista de las próximas elecciones”. Que no les quede grande la grandeza.

*Ex senador, profesor universitario. @inefable

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido