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El país no está polarizado, está roto. Esa es la metáfora que propone Doris Salcedo en su última obra “Sumando ausencias”.
La artista colombiana nos recuerda cómo el arte es una herramienta que sirve no solo para pensar la realidad en tiempos de crisis, sino que además salva y repara lo que por otros medios parece imposible. Así, Salcedo tejió cenizas en la Plaza de Bolívar y volvió blanca esta primavera que florece en las calles de todo el país, como un sol que sigue firme en mitad de la noche.
En “Sumando ausencias”, cientos de voluntarios trabajaron durante días escribiendo con cenizas, sobre lienzos blancos, los nombres de cerca de 2300 víctimas de una guerra que se nos volvió cotidiana y ajena. Ahí, en esa distancia, está la fractura que la artista nos invitó a tejer; no se trata del olvido (porque para olvidar hay que conocer), sino de la herida más terrible que tenemos abierta como sociedad: la incapacidad de sentir con el otro: nuestra indolencia.
El trabajo tuvo dos escenarios: el Museo de la Universidad Nacional y la Plaza de Bolívar. El primero sirvió como taller y laboratorio, allí se experimentó con la forma, se discutió sobre materiales y el método de producción, de manera que los voluntarios lograran un resultado uniforme y limpio. Así, la obra no sería una colcha de retazos, sino un sólido cuerpo blanco de 7 kilómetros de diámetro. El segundo escenario, la Plaza de Bolívar, era la puesta en escena; allí también hubo un método, no se trataba de amarrar pedazos de tela, sino de reconstruir un tejido de ausencias, que al sumarse podrían llenar esa otra Colombia donde nunca ha llegado el sol.
En el patio del Museo de la Universidad Nacional, varios equipos de trabajo extendían los lienzos sobre más de 20 mesas. Allí, un miembro del equipo armaba un nombre con letras que se juntaban como piezas de un rompecabezas; otra persona iba llenando el interior de las letras con pegamento y una tercera persona esparcía la ceniza. La tela era levantada de manera solemne y se envolvía como una mortaja en la sala de exposiciones del Museo. Al levantar la mirada, la sala se convertía en un inmenso mar de silencios, en el que cientos de nombres se extendían como cuerpos sobre un fondo blanco.
En la mañana del martes 11 de octubre los lienzos fueron llevados a la Plaza, como antes habían sido llevados al Museo de la Universidad Nacional. Pero ahí comenzó otra historia, cientos de voluntarios se volvieron a juntar para tejer sobre el trabajo iniciado por otros; esas costuras ataban los fragmentos de una historia del país que nunca conocimos, y que ahora tenían nombre propio: eran Jairo Botero, Carlos Jiménez, Elsyn Medina. Nombres que volvían a la vida entre puntada y puntada.
Sobre la medianoche de ese martes, aún quedaba un pequeño grupo que seguía tejiendo. La plaza estaba completamente blanca, y los nombres apenas si se veían como sombras que se hacían largas como sus ausencias. Pero ese blanco no era pálido, al contrario, brillaba y llenaba de colores la noche, como si por un instante todo estuviera bien en el país.