Publicidad

Final del juego

Arlene B. Tickner
12 de octubre de 2016 – 10:23 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Rara vez en las campañas electorales, un hecho singular puede determinar el resultado final, sobre todo cuando éstas son tan polarizadas, volátiles y reñidas como las presidenciales en Estados Unidos. Sin embargo, la revelación de una grabación en la que Donald Trump se jacta de la venia sexual que le brindan el estrellato y el poder, puede desafiar esa regla. Pese a que la objetivación y la degradación de las mujeres son rutinarias en el discurso del candidato republicano, la obscenidad del video más su ofensiva minimización como “charla de hombres” cruzan la raya de lo moralmente aceptable, incluso entre muchos sectores conservadores que lo vienen respaldando.

La estampida republicana no se ha hecho esperar: al menos 40 senadores, representantes y gobernadores han retirado su apoyo a Trump, pedido su renuncia o sugerido reemplazarlo con su fórmula vicepresidencial, mientras que decenas más –incluido Mike Pence– lo han condenado de forma enérgica.

Si antes del segundo debate presidencial quedaba alguna duda sobre la incompetencia de Trump para ocupar el cargo político más poderoso del mundo y su alta peligrosidad, su conducta durante el desarrollo de éste puede haberla resuelto. Aunque eludió asumir cualquier responsabilidad frente al video mediante acusaciones distractoras e irrelevantes de que el “hombre” de su rival política, Bill Clinton era el verdadero depredador, su acorralamiento físico a Hillary en cámara y su ofuscación con cada llamada de atención de la periodista moderadora, lo delataron como matón y sexista. Al tiempo que repetía su mantra sobre el déficit fiscal, hizo gala de no pagar impuestos y de su inteligente manipulación del sistema tributario. Exclamó ante una joven musulmana quien preguntó por la islamofobia en Estados Unidos que el deber de esa comunidad era convertirse en mejor informante de las actividades terroristas. Admitió no saber nada de Rusia y desautorizó a Pence, su vice-, en el tema de Siria, sobre el que también demostró ignorancia absoluta. Y más escalofriante aún –tanto por lo dicho como por los aplausos de la audiencia – amenazó como cualquier déspota nombrar a un fiscal especial y meter a su opositora en la cárcel por el escándalo de los correos electrónicos, en abierta contravención de la democracia.

Ahora que la opinión pública comienza a despertarse, el partido Republicano enfrenta la compleja disyuntiva de seguir invirtiendo dinero y capital político en uno de los candidatos más negados, controversiales y repugnantes de la historia estadounidense o redireccionar sus recursos con miras a preservar la mayoría legislativa, sobre todo en el Senado en donde corre más peligro, y varias gobernaciones en disputa, con miras a hacerle contrapeso a una nueva presidencia demócrata, de Clinton. El anuncio del presidente de la Cámara, Paul Ryan, de que no retirará su apoyo pero tampoco hará campaña ni defenderá a Trump, constituye la más clara señal hasta ahora de que los republicanos especulan que el juego ya terminó.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido