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Han sido días y noches de vértigo los que hemos vivido en Colombia desde el plebiscito para la refrendación de los acuerdos de paz entre el gobierno y las Farc.
Todo empezó el domingo 2 de octubre con la estrecha y sorpresiva victoria del NO. Se agravó luego con la arrogancia de algunos de sus líderes, que creyeron llegada la hora para volver al pasado, desconocer los acuerdos y negociar de nuevo a la medida de sus intereses. Hubo un poco de calma el miércoles con el acercamiento, tenso y formal, de algunas de las partes. Pero empezó a renacer la esperanza con la toma diaria de las calles y plazas de las ciudades del país – incluida Medellín – por miles de jóvenes que defienden lo que nos une a todos: el rechazo a la guerra, el deseo de paz y la urgencia de ajustar de inmediato los acuerdos, con participación de todos.
El panorama volvió a nublarse el jueves al conocerse de primera mano las estrategias sucias, los verdaderos y oscuros propósitos, y la generosa financiación de uno de los sectores que lideraron el NO. Y al día siguiente volvió a renacer la esperanza con el espaldarazo internacional al proceso, dado por el merecido otorgamiento del premio Nobel de Paz al presidente Santos por su iniciativa y tenacidad en el difícil camino de la negociación política de medio siglo de guerra.
Tres de los hechos centrales de este tsunami que no para, pueden aportar elementos para encontrar salidas al desconcierto. Son ellos: la altísima abstención en el plebiscito, los motivos del NO, y la emergencia de las multitudes en las calles y plazas.
Por frecuente y masiva, no podemos seguir aceptando pasivamente la abstención de casi 22 millones de personas, el 62% de los votantes potenciales. Como tampoco pueden reclamarla como un triunfo quienes la ejercieron, o como propiedad privada los del SI o los del NO. Es hora de analizar y enfrentar la precariedad de la democracia que hemos construido, las recurrentes frustraciones de la vía electoral, la apatía generalizada, y esta especie de sociedad sin ciudadanos a la que nos hemos ido acostumbrando.
La desagregación de los motivos del NO también puede dar luz para salir del túnel. No todo fue el engaño, la perversión, las mezquindades y maquinaciones de algunos de los sectores que lo impulsaron abiertamente o detrás de presuntas neutralidades. Hubo también algo de incertidumbre, falta de claridad y temores fundamentados. Muchos no están aún dispuestos a pagar los costos inevitables de vivir sin guerra. Y es posible que algunas víctimas no hayan podido todavía perdonar completamente. No se le puede pedir a todas ellas la generosidad del 96% de la gente de Bojayá que votó ejemplarmente por el SÍ.
Pero el camino de salida se perfila mejor en la vitalidad y creatividad de las masivas movilizaciones populares y artísticas por la unidad y la paz. El mensaje es unánime y vuelve a sintetizarse en variaciones del SÍ y del NO.
NO a seguir en guerra o a volver al pasado del oscurantismo y los personalismos. NO a un nuevo frente nacional bipartidista y excluyente, para que unos sigan disfrutando del poder y la riqueza y otros poniendo el hambre y los muertos. NO a seguir recurriendo al pueblo sólo después de la fiesta, para refrendar lo ya acordado sin su presencia real.
SÍ al fin inmediato de la guerra. SÍ a la negociación, con presencia efectiva de las víctimas y los distintos actores sociales, haciendo los ajustes necesarios -sin partir de cero- a lo ya acordado con las Farc, e iniciando las conversaciones con el ELN. Y SÍ a emprender los cambios requeridos en el ordenamiento económico y político-social para cortar de raíz los motivos de las guerras.
Y una pregunta final. ¿Por qué en vez de otro plebiscito, costoso y manipulable, no nos atrevemos a ensayar una refrendación de los acuerdos definitivos con las Farc y el ELN mediante manifestaciones masivas, unitarias y simultáneas en las plazas de todos los pueblos y ciudades del país? Así, ni a nosotros ni al mundo le quedarían dudas de que SÍ queremos la paz, merecemos el Nobel, y somos capaces de superar las peores divisiones, vacilaciones y adversidades.