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La paz de todos

Daniel Pacheco
10 de octubre de 2016 – 09:00 p. m.

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Perdió el plebisantos, porque eso es lo que era, y eso es lo que le cobraron. Ahora sí va a tocar trabajar por esta paz. Ahora sí habrá que ceder por una paz de todos. ¿Cuánto estamos dispuestos a dar? Esa es la pregunta fundamental en medio de este Diálogo Nacional.

La mirada enturbiada de quienes denuncian las mentiras del No puede ser útil para generar indignación y movilización —que fue precisamente la receta que el candor incauto de Juan Carlos Vélez reveló para explicar su victoria—, pero poco aporta para avanzar en el Diálogo

Sobre todo porque es muy difícil sostener la estrategia de superioridad moral aupada por nuestros intelectuales criollos, luego de haberse montado sin asco en los excesos de la campaña oficial. ¿Ahora, pues, es más tramposo propagar interpretaciones engañosas de los acuerdos por Facebook para agitar fanáticos que subsidiar la campaña del Sí y aceitar la maquinaria electoral con la plata de todos los colombianos? Con toda honestidad, el plebiscito se perdió, entre otras, porque llovió y no alcanzó la plata para sacar (¿comprar?) suficientes votos en la Costa y porque muchos del Sí se quedaron en la casa confiados en que sí alcanzaba. Aquí nadie tiene credenciales morales, como pocas veces las hay en la política electoral.

A lo no hecho, pecho. Porque no todo se ha perdido. Por oportunismo o convicción, al final no importa, el No se la jugó por una “paz sí, pero no así” y a Santos le dieron el Nobel. La paz, más allá de quien ganó o perdió, es el mandato del que hay que agarrarse después del plebiscito, si queremos salvar esto de dilatarse en una campaña presidencial.

Ahora, entonces, a preparar la garganta porque vienen los sapos de verdad. Lo que había salido de La Habana tenían unas ranitas que a la Colombia progresista y a la izquierda no les producían nada cercano al vómito que se sube cuando ven a Uribe y Ordóñez metidos en la negociación. Esto, ya paradójico de por sí, muestra una de las ambigüedades de una paz que estaba dispuesta a darles cosas a las Farc, pero nada a la otra mitad de Colombia de derecha.

Entonces, de vuelta a la pregunta fundamental: ¿cuánto estamos dispuestos a dar?

Para parar “la guerra” y resarcir a las víctimas, ¿estamos abiertos a una constituyente donde las Farc y la ultraderecha ordoñista serán los primeros en intentar revertir los avances en libertades civiles, como el matrimonio y la adopción gay y la despenalización de la dosis personal, a cambio de una “paz estable y duradera”?

Para parar “la guerra” y resarcir a las víctimas, ¿estamos dispuestos a meter a los parapolíticos de vuelta a la política, a sacar a Santiago Uribe, Andrés Felipe Arias y a miles de militares responsables de falsos positivos de la cárcel a cambio de una “paz estable y duradera”?

El precio de una paz de todos es alto para todos, como debería ser. La pregunta es si estamos dispuestos a entrar a una negociación donde sí están en juego cosas que nos duelen. O si preferimos confiar en una maniobra estilo Santos que implemente los acuerdos a las malas, sin quitarnos nada importante, y nos entregue un país más dividido en “paz estable y duradera”.

@danielpacheco

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