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¿A quién le importa la verdad?

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La verdad ha dejado de importar. Vivimos en un tiempo en el que todo depende de la eficiencia y la velocidad.

Así, si el Internet no te da todo inmediatamente, en un suspiro, si las publicaciones en Facebook tienen más de un párrafo, si los trinos superan los 140 caracteres, sentimos que nos estamos perdiendo de algo, que estamos llegando tarde a alguna parte. ¿A dónde? Nadie sabe, pero tarde. Es un tiempo apresurado y esquizofrénico. Este bombardeo permanente de información requiere reflexión antes del juicio, duda antes de la acusación, derecho a la defensa antes de la condena. No es eso lo que está ocurriendo. Basta mirar lo que ocurre día a día en Twitter o en Facebook, leer las acusaciones sin fundamento ninguno, las mentiras descaradas, los videos tramposos, los montajes sobre las imágenes que circulan cada día en las redes. El que tenga un Whatsapp sabe exactamente a qué me refiero. Piense, por ejemplo, en cuándo fue la última vez que recibió un mensaje anónimo en cadena con una “denuncia” o una “advertencia”. En momentos de decisiones electorales, como el que vivimos hace pocos días, su frecuencia aumenta considerablemente. Los encargados de aquellas estrategias saben que la gente ya no se informa solamente a través de los medios, entienden que un mensaje en cadena con una información tendenciosa que, por ejemplo, refuerce un prejuicio, será barata y muy efectiva.

El problema de estos mensajes, por un lado, está en la velocidad con la que se propagan. En minutos pueden ser vistos e inmediatamente compartidos por miles de personas. No suele haber ninguna reflexión, ninguna duda, ningún descanso, solo un movimiento mecánico que presiona el botón de reenviar en el teléfono. No somos más que autómatas, no somos mejores que un rebaño idiota y fácilmente manipulable. La gran paradoja de nuestro tiempo es que nunca habíamos tenido acceso a tanta información y al mismo tiempo nunca habíamos estado tan desinformados. No es el único desastre. Cuando el periodismo, cada día más cerca de ser un permanente detector de mentiras que circulan en las redes, señala la falsedad de algún mensaje, cuestiona su veracidad, duda, el público reacciona acusándolo de mentir, de tergiversar, de no ser transparente. La verdad no importa más. ¿Por qué es usted tan benévolo con los mensajes anónimos que le llegan por Whatsapp y tan crítico con los informes periodísticos? ¿No se ha preguntado nunca de dónde viene aquel mensaje anónimo?, ¿quién lo escribe y por qué?, ¿qué intereses tiene?

El anonimato es el peor enemigo de las redes sociales. El periodismo, al que se le pueden y deben criticar muchas de sus actuaciones, siempre tiene un rostro visible. La redacción de un periódico, la mesa de un equipo de radio, los presentadores de un noticiero. La información permanente que ofrecen al público jamás es anónima, siempre viene con la responsabilidad que implica jugarse lo único que uno tiene: la credibilidad. En cambio, los mensajes en cadena, los videos sin autor, los textos sin firma, no tienen nada qué perder. Sus acusaciones pueden alcanzar los límites más descarados e incluso si se logra, eventualmente, comprobar su mentira, ya es tarde: el daño es irreparable. De las miles de personas que recibieron el mensaje, muchas de ellas seguirán convencidas de que las cosas son así, de que X sí es culpable de aquello que señalaba aquel mensaje anónimo. La estrategia tiene todo que ver con el miedo y con los prejuicios. En Estados Unidos, por ejemplo, hay grupos anónimos encargados de propagar mentiras contra la comunidad musulmana. El mensaje puede decir cosas como “el Islam favorece o enseña la violencia” o “Barack Obama es musulmán y quiere acabar con Estados Unidos”. Puede venir acompañado de un video que muestra a Obama con barba, haciendo rezos extraños y hablando en una lengua incomprensible. Hay encuestas que muestran el porcentaje de los estadounidenses que hoy, todavía, creen que Obama sí es musulmán y que no nació en Estados Unidos. La propaganda, en este caso particular, cumplió con su propósito: fortalecer un prejuicio, jugar con el miedo colectivo. Siempre han existido teorías de la conspiración, siempre se ha mentido tanto como se miente en estos tiempos. Ya decía Porfirio que “el mentir, mucho más que el reír, es lo propio del hombre”. La novedad está en la velocidad de las mentiras, en el alcance infinito que tienen para propagarse sin resistencia. Por eso, nunca como ahora necesitamos del periodismo. Sin su resistencia, llegaremos al punto en el que el mundo se contará, exclusivamente, a ritmo de ficciones.

@espinosaradio
 

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