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Salir a votar verraco

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MIAMI.-Esa al parecer es la estrategia de moda: aprovecharse de la rabia y la frustración de la gente, a través de falsedades o verdades a medias, para obtener un resultado político.

Donald Trump es un campeón en ese malabarismo de la manipulación y el engaño. Incluso, ya le tienen el registro de las mentiras monumentales  que dice por hora y que, al segundo, niega o reafirma sin pudor.  Y resulta que estos savonarolas del plebiscito, los que orquestaron el NO, revelaron lo que era apenas obvio: que tergiversaron por completo la esencia de los acuerdos  con la guerrilla y que, de ñapa, recurrieron a la emoción, a la herida abierta, al prejuicio, al miedo, al rencor de más de medio siglo de presencia del exterminio, para lograr la victoria. 

La respuesta de Uribe es ya clásica, una especie de formato que sirve para cualquiera de sus trapisondas. Sólo es dejar en blanco la de turno, porque el resto es sabido. Veamos: «nuestra campaña no apeló a la mentira ni a la tergiversación de mensajes, acudió a los argumentos para que las personas votaran a conciencia sobre el gran daño que se hubiese hecho al país si estos acuerdos se hubieran aprobado e incorporado automáticamente a la Constitución». ¿No suena bastante familiar?

“Gran daño” ya significa, de entrada, un concepto para darle un sentido torcido a toda la perorata que se ha inventado Uribe y sus muchachos alrededor de “su” paz “(re)negociada”.  ¿Cómo quieren “corregir” aquello que, según los opositores, era un defecto, una anomalía?

El resumen de la rectificación es sencillo: que los criminales-terroristas-narcotraficantes de las FARC vayan a la cárcel, paguen sus deudas con la sociedad (¿20 años encerrados con delincuentes comunes?) y, después, puedan convertirse en choferes de bus o celadores de los negocios de Ardila Lulle, por ejemplo.

De esa manera, quedaría decapitada la “banda terrorista” y se alejaría para siempre la amenaza del “castrochavismo” en Colombia, embuste que aquí, en Estados Unidos, tuvo gran éxito tanto en los compatriotas de Miami (ellos son más uribistas que Uribe)  como en congresistas republicanos  al
estilo del representante  Carlos Curbelo o el senador Marco Rubio, los dos cubanoamericanos nacidos en la meca del exilio anticomunista.

Los que lograron descarrilar la refrendación de los acuerdos de La Habana, han dicho de manera retórica que nadie quiere la guerra. Otros han aclarado que hay polarización, pero al final todo el mundo desea el silencio definitivo de los fierros. Esa tesis es muy atractiva pero de un gran voluntarismo.

Detrás del Centro Democrático hay sectores muy reaccionarios, guerreristas, que siguen soñando en la derrota, a sangre y fuego, de la guerrilla. Que no quieren un país diverso, pluralista. Los he visto dar discursos en Miami, frente a un auditorio que saliva, aplaude de manera frenética,  cada vez que exclaman que lo que quieren esos bandidos es instaurar el comunismo, de la mano de Maduro , “la dictadura de los Castro” y la complicidad de Santos. 

Por lo tanto, ¿cuál es la agenda real del uribismo?  ¿Qué busca? ¿Dilatar las negociaciones con la Casa de Nariño, mostrarse receptivo cuando, en el fondo, está comprando tiempo y permitiendo que se deteriore, por ejemplo, el cese bilateral del fuego? ¿Tiene la mira puesta en 2018, montado de nuevo en el caballo de batalla del fracaso de las negociaciones y, entonces, en un nuevo aire para el supuesto golpe definitivo al narcoterrorismo?

Dice el senador Uribe y sus conmilitones que no podrían aceptar que sujetos acusados de crímenes de lesa humanidad pudieran llegar al Congreso,  porque la lección sería que el crimen paga. Lo interesante es que el expresidente y sus aliados, al  lograr  la precaria mayoría en el plebiscito, tendrán que vérselas con sus archienemigos en el escenario común: la política. Porque no será posible un acuerdo democrático y duradero, con la mira en la paz,  sin la participación activa de las  FARC.

Por lo pronto,  las declaraciones del gerente de la campaña del NO,  Juan Carlos Vélez,  al diario La República,  son de una transparencia inusitada y por eso fueron desmentidas, de inmediato, por el Centro Democrático, tan acostumbrado a lo turbio y secreto. Y también por las empresas que dieron el billetico para el NO. ¿Y los expertos internacionales que aconsejaron jugar con la rabia de un sector de colombianos? Calumnias.

Lo más divertido es que haya un artículo en el código penal llamado “fraude al sufragante” que establece lo siguiente: “El que mediante maniobra engañosa, obtenga que un ciudadano o a un extranjero habilitado por la ley, vote por determinado candidato, partido o corriente política o lo haga en blanco, incurrirá en prisión de cuatro (4) a ocho (8) años”.

Al parecer unos abogados acaban de demandar a Vélez por semejante delito, y la Fiscalía iniciará investigación exhaustiva.

Pero si vamos a llevar esa ley a sus más estrictos términos, caramba, todos los políticos, de izquierda y derecha, con diferentes tonos y acentos, estarían incursos en esa transgresión a la ley.

No tiene suerte el uribismo: todo lo que hace, o deja de hacer,  termina en los tribunales.  ¿Y si todo el circo montado era sólo para que el viejo zorro  saliera en la foto de la paz al lado de Timochenko? Eso sí sería histórico: que el jefe de los facinerosos y el jefe de la oposición de utilería por fin se dieran la mano de verdad.

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Nobel de la Paz a Santos
Se nota la molestia del viejo zorro y sus lugartenientes por esa buena noticia. La foto de la paz ya queda coja para Uribe. El Ubérrimo ha quedado  a una distancia sideral de Oslo. 

Pero no se hagan ilusiones: el Nobel de Paz ratifica el gran apoyo internacional  a los acuerdos con la guerrilla, pero eso no fue suficiente para movilizar a los abstencionistas y para convencer a los opositores de las bondades de un esfuerzo histórico por darle un punto final a la guerra.  

@sergiootalora
 

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