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Mesa de cuatro patas

Arturo Guerrero
06 de octubre de 2016 – 09:59 p. m.

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Hasta el día del plebiscito la mesa de negociación tenía dos patas: gobierno y Farc. Esa noche se agregó la tercera: el uribismo. El miércoles surgió la cuarta: la plaza de Bolívar de Bogotá repleta de gente. Ahora la mesa es mesa, no se cae.

El detonante lo dieron los vencedores del No. No por sus argumentos, calcados de la propaganda negra. No por su llamado al miedo, combustible infalible. No por su alianza con las religiones de la Edad Media. Tampoco por el verbo rencoroso y populachero de sus adalides.

Por supuesto que los métodos de acción dicen mucho de quienes ejecutan esa acción. No obstante, lo decisivo es de qué clase de acción se trata y qué intereses esconden sus actores.

En este caso hablamos de un movimiento que tiene raíces en los tempranos años ochenta del siglo pasado. Que fue conformando una economía ardiente, una milicia en paralelo, un ética de acomodo, una estética almibarada, un apetito de poder inconmensurable.

Luego de escarceos en el Congreso y en administraciones regionales, se alzó con la primera magistratura de la cual duplicó la vigencia. Fueron dos períodos de consolidación. En ese lapso impuso un lenguaje, una cultura, un espíritu que prendió como mala hierba en medio país no salido aún del siglo XIX.

Nunca se perdonó a sí mismo la pérdida del comando del Estado. Faltado año y medio para las siguientes elecciones presidenciales, vio la oportunidad del miedo en unos acuerdos de paz comandados por la clase oligárquica de siempre. El resultado se vio el domingo pasado.

La guerrilla, esperanzada en abandonar los anacrónicos fusiles, pasó de ampararse en los acuerdos firmados, a mover sus mandos en caravanas nocturnas hacia el verdor. Mostró sus dientes, exigió no ser tratada como muletilla de la pelea entre clases.

Alarmada ante la reedición de la tragedia y conmovida por la desnutrida votación, la sociedad civil se agitó y fue blanco perfecto para drones y cámaras que captaron calles y plazas congestionadas de luces, mujeres y niños. Las víctimas estaban en las mentes.

Así se completó la carpintería de la mesa. Cuatro patas que hoy pujan sobre un documento, por conquistar renglones de poder o de dignidad.

En tres días el fast track fue puesto sobre el tapete nacional. Todos quieren Paz Ya. Todos están por fin incluidos. El país es un país completo, diverso, complejo, contradictorio. Un laboratorio de cangrejos con hambre que ha comprendido la sencilla elocuencia de la vida.

De haber ganado el Sí, este mismo país estaría hoy encendido en fuegos, no solo verbales sino seguramente marciales. Por fortuna, la enigmática sabiduría de la democracia, del huracán, de los pesos y contrapesos de la existencia, consiguió afirmar las cuatro patas de un mueble confeccionado a mordiscos.

Hoy nadie puede fugarse. Unos y otros están obligados a mirarse a los ojos porque no hay para dónde más mirar. La historia ha comprimido las urgencias, el mundo observa pasmado, los sumos tribunales de la sensatez siguen conminando a Colombia a ser canon de humanidad.

arturoguerreror@gmail.com

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