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Migrar a veces significa empezar de cero en otra latitud con costumbres diferentes y barreras idiomáticas. El caso de Jerson Lagos fue así, aunque con la ventaja de que su amor por el fútbol le permitió no solo adaptarse a un lugar tan lejano como lo es Nueva Zelanda, sino también el de cumplir su sueño de jugar un campeonato mundial.
Nació en Bogotá hace 23 años. Vivió su tierna infancia en el barrio 20 de Julio hasta que se mudó junto a su madre a Ecuador. De su niñez en el vecino país no recuerda mucho, pero sí que Luz Janeth Lagos, su mamá, quería darles a él y sus hermanos la oportunidad de crecer en un lugar tranquilo y seguro, razón por la que llegaron a Nueva Zelanda.
“Tuvimos la oportunidad de venir acá y nos ayudaron mucho. Todo fue muy bonito, una experiencia y un estilo de vida diferente, pero muy agradecidos. Mi mamá siempre ha sido una mujer fuerte y luchadora. Una mamá sola con cuatro hijos. Nos sacó adelante acá”, destacó Jerson en entrevista con El Espectador.
Cuando Lagos llegó a Nueva Zelanda no sabía inglés ni mucho menos ubicar esas islas lejanas en el mapa. Tuvo que darse tiempo para acostumbrarse a un país completamente diferente. Al principio el idioma fue una barrera, pero el fútbol, una oportunidad de hacer amigos. Cerca de su casa había una cancha y allí conoció a las personas que le permitieron llegar al Western United, su primer club. Después llegó al Melville United, al que considera como una familia. Allí hizo el proceso desde las divisiones menores hasta el primer equipo, y disputó sus primeras temporadas en la máxima categoría de Nueva Zelanda.
El año pasado hizo pruebas en el fútbol australiano, pero como no encontró algo concreto, regresó al país que lo acogió para jugar primero en Manurewa y desde julio del año pasado en Auckland City, el equipo más ganador en la historia de Nueva Zelanda y único representante que tendrá Oceanía en el Mundial de Clubes 2025.
“Fue un cambio duro, pero yo creo que lo que me ayudó mucho fue la confianza y la comunicación que tuve con el entrenador. Creo que es lo más importante en un equipo. Me hizo sentirme cómodo e incluido” destacó el bogotano sobre su relación con el técnico español Albert Riera.
En Auckland City, el colombiano ha sido una herramienta polifuncional en la banda derecha. Así como puede actuar de extremo y sumarse al ataque, también puede aportar en la marca como lateral. “En el fútbol uno tiene que jugar en equipo y hay que hacer lo que toca para ganar”.

El club de Jerson ha ganado 13 de las 22 ediciones que se han celebrado de la Champions de Oceanía. En la última, cuya final tuvo lugar en las Islas Salomón, el bogotano fue titular y pudo levantar el trofeo. Tras hacer la tarea en casa, ahora le toca enfrentar el reto más importante de su todavía joven carrera: el Mundial de Clubes.
Su puesta a punto, los entrenamientos y las competencias han sido situaciones que ha tenido que llevar al tiempo que ejerce como barbero. En Nueva Zelanda el fútbol es semiprofesional, por lo que la mayoría de los jugadores, entre ellos Jerson, tienen que dividir sus jornadas entre el deporte más popular del mundo y las exigencias del día a día.
“Antes de ser barbero era mecánico para camiones. Duré bastante tiempo trabajando en eso y tratando de jugar fútbol. Era muy duro concentrarme porque mi sueño era ser profesional y me costaba enfocar todo mi tiempo al fútbol, hacer lo que yo amo. Cambié de oficio porque me da como un poquito más de libertad, antes no tenía tiempo para mí, mis hijos ni mi pareja”.
Viajó a Estados Unidos para encarar el Mundial de Clubes. Este domingo, en Cincinnati, Auckland City será rival del poderoso Bayern Múnich alemán. Después viajará a Orlando, donde se medirá con el Benfica portugués (20 de junio) y completará su calendario en la fase de grupos ante Boca Juniors, en Nashville (24 de junio).
“Es algo que todavía no se siente real. Hay muchas emociones y yo creo que hasta que no juguemos no va a sentirse real. O sea, a estos equipos yo los he seguido y al saber que voy a tenerlos al frente mío, estar en la misma cancha que ellos, es algo muy loco”.
El bogotano se siente privilegiado de poder participar en este Mundial y hará lo posible por disfrutarlo al máximo. “Gracias a Dios este año me he concentrado más en el fútbol y ojalá en el futuro pueda hacerlo todos los días, todo el tiempo”.
No creció viendo balompié colombiano, pero heredó algo de cariño por Santa Fe, por su familia, sobre todo por su abuelo. Su conexión con el país ha sido en su mayoría remota. Recién a los 14 años pudo regresar durante unas vacaciones. Por el horario —17 horas de diferencia— le es difícil mantenerse en contacto con sus parientes de Bogotá.
Cuando habla, se nota que por más que él haya salido hace tanto tiempo del país, Colombia no ha salido de él, tanto así que, aunque también tiene pasaporte neozelandés, sueña con representar a la selección tricolor.
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Siente una gratitud gigante con Nueva Zelanda, no solo por haberle permitido a su familia tener una buena vida, sino porque también allá creó la suya. Allá conoció a su pareja, con quien lleva ya seis años, y tienen dos hijos que, al igual que él, crecerán con la mezcla de ambas culturas.
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