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A lo largo de los cuatro años del proceso de paz negociado en Cuba y firmado en Cartagena, el que se acaba de hundir por voto democrático, nada fue peor interpretado que la relación del presidente Santos con la izquierda.
Este tema fue crucial en el plebiscito, con dos versiones principales: una engañosa que promovió Uribe, y otra acertada de parte de las Farc.
Quien conoce a Santos sabe que él no tiene un hueso de izquierda en el cuerpo. Pero si ese es el caso, ¿cómo se explica entonces su respaldo a esa ideología, al punto que muchos creen que Santos tiene una agenda secreta, que es llevar al país al castrochavismo? Más aún: esa ha sido la gran inquietud de varios sectores. Les preocupa la influencia del hermano, Enrique, y su famosa simpatía por la izquierda; les alarma que Santos haya apoyado a Petro como alcalde, que haya escogido a un sindicalista como vicepresidente, y que Cuba haya sido el escenario de los diálogos de paz. Esos temores llevaron a millones a votar por el No en las urnas. Pero esa cercanía nunca fue real: fue solo una estrategia para debilitar la extrema izquierda.
Claro: Uribe aprovechó la supuesta alianza de Santos con la izquierda para atacar el proceso de paz, sembrar miedo en los electores y acusar al presidente de llevar el país al socialismo. No fue difícil explotar el hecho que los diálogos tomaron lugar en Cuba, ni fue difícil resaltar la injerencia del hermano para reforzar esos miedos. Esa campaña de desinformación, astuta y eficaz, se la creyeron millones, y se evidenció en los votos del plebiscito.
Las Farc, en cambio, descifraron realmente la estrategia de Santos. Entendieron que el apoyo a la izquierda moderada era una estocada a su ideología radical, lo que faltaba por debilitar su causa política, desautorizar su rebelión y borrar la legitimidad de la lucha armada.
Sin duda, una de las mayores tragedias de Colombia es que las Farc usaron la masacre de la UP para validar su violencia. Para decir que la democracia colombiana era una farsa, en donde no había espacio para la izquierda moderada, porque los mataban a todos. En ese tiempo el error fue permitir que una fracción de las Farc se desmovilizara. Así, mientras parte de la guerrilla cometía horrores, la otra, desarmada y vulnerable, quedó expuesta al terror paramilitar y su exterminio fue total. Entonces las Farc usaron esa masacre, diciendo que si matan a la izquierda moderada, entonces sólo hay lugar para la extrema.
Sin embargo, esa tesis pierde valor cuando la izquierda democrática tiene espacio en el país. En tal caso lo que carece de validez es la izquierda extrema. Porque si una tiene aceptación, la otra no tiene razón de ser. Y esa fue la táctica de Santos desde el comienzo. En efecto, ¿cómo se justifica la existencia de las Farc, una izquierda armada y violenta, cuando el vicepresidente del país es de izquierda, cuando los tres últimos alcaldes de la capital son de izquierda, cuando los diálogos de la paz se realizan en el lugar más propicio para la guerrilla, que es La Habana? O sea, la cercanía de Santos a la izquierda moderada obligó a las Farc a ver que su proyecto político no tenía futuro. Siendo así, sólo les quedaba la salida del proceso de paz.
Era una táctica brillante que abatió a la guerrilla más antigua del continente, pero Uribe la tergiversó para sembrar miedos e infundios. Y en las urnas, ya lo vimos, triunfó esa mentira.