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El gobierno de las minorías

Melba Escobar
05 de octubre de 2016 – 03:02 p. m.

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Recuerdo haber escuchado a mi papá decir “la democracia más antigua de América Latina”. A eso podemos sumarle otro eslogan de Colombia: “el gobierno de las minorías”. Aunque yo, la verdad, tenía otra definición de democracia.

Según un reciente estudio de la Registraduría Nacional, tenemos la más baja participación de la región. En Colombia es una constante que más de la mitad de la población se abstenga de votar en las elecciones.

La votación popular es, al fin y al cabo, un acto de expresión. La gente participa especialmente cuando siente que su voto hace una verdadera diferencia, ya sea porque la contienda está muy combatida, o porque es mucho lo que está en juego. En el caso del domingo, las encuestas apuntaron a una holgada ventaja por parte del Sí, algo que ha podido desmotivar el esfuerzo de muchos colombianos por salir a votar. La explicación de algunos para justificar la terrible pifiada que se pegaron todas las firmas encuestadoras, es que las personas son vergonzantes cuando su voto es el No, luego falsean la respuesta. Lo mismo se dijo para explicar que ganara el Brexit en Reino Unido y se teme que por idénticas razones, Donald Trump tenga más posibilidades de ganar que las pronosticadas.

En el caso del plebiscito, tampoco ayudó la movilización social propiciada desde el Centro Democrático donde los grupos sociales conformados en minorías como iglesias y partidos animaron a la colectividad a votar en conjunto. Esa movilización trabajada bien sea desde la cercanía, desde la falsa propaganda, o desde una alianza en valores y creencias, arrastró a muchos partidarios del No a las urnas.

Pero más allá de quienes eligieron el No por lealtad a Uribe o a su iglesia, por embustes sobre los alcances del plebiscito y sus intenciones, o bien por legítimo rechazo al contenido de los acuerdos, la mayor contrincante de la paz fue la abstención. En este caso uno se pregunta, ¿el resultado puede seguir considerándose un ejercicio democrático? ¿Somos, todavía, “la democracia más antigua de la región”? ¿Podemos fiarnos de la decisión de las mayorías cuando el resultado es una continuación de la guerra? ¿O podemos decir que la democracia eligió la guerra sobre la paz? Lo cierto es que en estas elecciones no hubo victorias. Todos somos perdedores. Y quizá, después de la paz, del sueño de una sociedad más justa, abierta e incluyente, la mayor lesionada es la democracia. Esa de la que nos enorgullecemos tanto. Esa que nos lleva a mentir, con o sin mermelada de por medio, ese sistema modélico, pero cada vez más desgastado tanto en países como el nuestro, como en las denominadas democracias consolidadas.

Ojalá Uribe y Santos, reunidos hoy mientras escribo esta columna, lleguen a un acuerdo como dos mandatarios sensatos. Que Uribe sea capaz de dejar a un lado las discordias, la vanidad y el pasado, para darle a este acuerdo el respeto que se merece. Por 52 años de intentos fallidos, en honor a los muertos, a las víctimas, a la guerrilla que le apostó a un mejor futuro y a la ciudadanía que encuentren una salida. Al final, es la democracia de las minorías. Como minoría máxima, ellos dos los llamados a encontrar la salida.

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